jueves, julio 23, 2026
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“La cultura da poder político, pero en la región no se la piensa como esencial”

De paso por Buenos Aires, el extitular del INCAA y actual director de la Comedia Nacional de Uruguay analiza los desafíos de la gestión cultural, cuestiona el uso político del arte y advierte sobre el deterioro democrático en la Argentina actual.

Las casualidades son así. Una tarde de viernes, luego de cruzar el Río de la Plata en Buquebús, José Miguel Onaindia –gestor cultural y abogado argentino, especializado en derechos culturales– se encuentra en el país, específicamente en una sala del primer piso de Directores Argentinos Cinematográficos (DAC), para participar, entre otras cosas, en la presentación del libro Manuel Antín, escritor de imágenes, de Mariángeles Fernández y Diego Sabanés, recientemente publicado por Eudeba y de estreno en la Feria del Libro. Al mismo tiempo, en la planta baja, Chacho Álvarez asiste a otra actividad junto a su hija, la cineasta María Álvarez. A pesar de la cercanía, en esta ocasión, ellos no se verán ni se cruzarán.

Tanto Chacho Álvarez como Onaindia formaron parte del gobierno de la Alianza que comandó los hilos del país entre 1999 y 2001. El primero fue vicepresidente y renunció al cargo en octubre de 2000; el segundo estuvo al frente del Instituto Nacional de Cine y Artes Visuales (INCAA) entre el 2000 y principios del 2002 y también fue Coordinador del Centro Cultural Ricardo Rojas.

Porteño, 72 años, Onaindia desembarcó en Montevideo, Uruguay, hace 14 años, se afincó allí hace 12 y desde hace dos está al frente de la Comedia Nacional –el elenco teatral estable uruguayo–, como director general y artístico. Antes, integró el Consejo Artístico de la Comedia y, mucho antes, se desempeñó como Coordinador del Instituto Nacional de Artes Escénicas (INAE), dirigió el Festival Internacional de Artes Escénicas (FIDAE) y fue asesor del Teatro Solís. También fue consultor de la UNESCO y dirige el Programa de Actualización en Derecho del Arte y Legislación Cultural en la Facultad de Derecho de la UBA. En su paso por Buenos Aires, habló con Revista Ñ.

José Miguel Onaindia: "Hay que tratar de captar a la población adulta que ha dejado de ir al teatro". Foto: Emmanuel Fernández

osé Miguel Onaindia: «Hay que tratar de captar a la población adulta que ha dejado de ir al teatro». Foto: Emmanuel Fernández

–¿Qué desafíos implica dirigir un teatro como la Comedia Nacional en el contexto cultural actual?

–En Uruguay, hay una institucionalidad mucho más sólida, no solamente en el ámbito político, sino también en el ámbito cultural. La Comedia Nacional se fundó en 1947. Me va a tocar, en 2027, celebrar el 80 aniversario. En estos 80 años, hubo de todo: dictadura, gobiernos de todos los partidos políticos que se fueron alternando y la Comedia siempre estuvo presente con mayor o menor apoyo. Hay una institucionalidad pública, pero también la hay privada. En el teatro independiente hay entidades muy sólidas, como la Federación Uruguaya de Teatros Independientes, el Teatro El Galpón, que conservan un espíritu de continuidad. La escala es diferente a la de otros países. Montevideo tiene un millón y medio de habitantes, tener 700 espectadores en sala para un espectáculo de teatro es como tener 7000 en Buenos Aires.

–¿Cómo sería esa escala?

–En la sala principal del Teatro Solís, el aforo para un espectáculo musical es de 1070 y para espectáculos de teatro, como es un teatro de herradura, lo cerramos a 650, 700 personas. Depende de cuál sea la propuesta. No trabajamos solamente en la sala principal, la Zavala Muniz, muy moderna dentro del Teatro Solís, sino también en la Sala Verdi, también a la italiana, más pequeña, una sala que fue hecha por la comunidad italiana para escuchar música de cámara y que ahora usamos también para el teatro.

–¿Qué impronta personal busca dejar en una institución con una tradición tan consolidada?

–El lema de la gestión es «La Comedia se expande». No es un eslogan de marketing, sino un concepto. Un elenco público tiene que cumplir primero una expansión territorial, tiene que estar presente en la ciudad de Montevideo. Hay que decir que se llama Comedia Nacional, pero depende de la Intendencia de Montevideo. Se mantuvo el nombre de Comedia Nacional porque tiene una vocación de estar presente en todo el territorio y también tiene una gran particularidad, una singularidad cultural, porque es el único elenco estable de Sudamérica.

–¿Cómo se gestiona un teatro con elenco estable?

–Hay 30 actores estables, que tienen que estar todo el tiempo, seis días por semana, seis horas por día. Están a disposición para ensayar o lo que la dirección artística disponga. Además, tenemos un departamento de vestuario, los talleres de montaje, la administración y el área de comunicación. Somos 56 personas. Hemos hecho entre nueve y diez espectáculos por año.

El argentino José Miguel Onaindia, en el Teatro Solís, de Montevideo. Foto: Archivo

El argentino José Miguel Onaindia, en el Teatro Solís, de Montevideo. Foto: Archivo

–¿Cómo se captan nuevos públicos?

–Hay que tratar de captar no solamente a los jóvenes, sino también a toda la población adulta que ha dejado de ir al teatro. Ir al teatro es otra experiencia. El entretenimiento hogareño múltiple a través de todos los aparatos nunca puede ser un sustituto de un espectáculo que se hace comunitariamente y es irrepetible. Es otra percepción estética y emocional. Por eso, también es una expansión de carácter simbólico; tratar de romper esa frontera de la gente que cree que ir al teatro puede ser aburrido o no lo va a entender o no se va emocionar, «porque está hecho para otro público». Aún hay en los grupos de gente con formación universitaria y que no tiene barreras educativas un concepto de que la música académica y el teatro son para una cierta minoría cultural. Hay que romper con eso.

–¿Cuál es la propuesta en esa línea?

–No hacemos teatro «empresarial», pero sí hacemos todos los géneros. Tuvimos una tragedia clásica como Antígona, una puesta absolutamente contemporánea que nos demuestra que lo que escribieron 2500 años antes de Cristo está vigente. Hay un diálogo entre Creonte y Antígona, que parece un diálogo de Trump con Pedro Sánchez. La puesta ha sido muy contemporánea y tuvimos una gran asistencia de adolescentes y de jóvenes, muchos profesores con sus estudiantes. Por otro lado, tuvimos una creación de un dramaturgo uruguayo instalado en Francia, Sergio Blanco, con una autoficción titulada El síndrome de Stendhal: parte de una experiencia y propone un espectáculo de alto nivel estético. Aborda cómo nos atraviesa la belleza y cómo podemos encontrar el placer y el horror. Y hemos tenido, además, una comedia escrita por una dramaturga joven uruguaya, que también es directora escénica. Victoria Vera escribió una obra que se llama Música de regreso a casa. Parte de un programa de radio de los años 90 que era, precisamente, la escucha de canciones a través de la radio de los que van manejando. La obra transcurre dentro de un auto donde viaja una mujer de mediana edad.

Retos regionales

–Con su experiencia, ¿cuáles son en general los desafíos de la gestión cultural pública en la región?

–Lo que se repite siempre en Latinoamérica son los desafíos presupuestarios y la ausencia de políticas permanentes que conciban la cultura como algo esencial dentro de las políticas culturales. Aún con gobiernos de signo supuestamente progresista o autopercibidos progresistas, encontrás el modelo de la cultura como propaganda política o como marketing. La cultura no está concebida como algo estructural. Si algo positivo podemos rescatar de la pandemia, fue darnos cuenta de que no hubiéramos sobrevivido de la misma forma si la gente de la cultura no hubiera sido tan generosa de subir sus libros, sus canciones, su música, sus filmaciones, gracias a la tecnología y a la difusión masiva de bienes culturales en forma gratuita.

–En ese entonces, como ahora, aparece la cultura en modo supervivencia.

–Los sectores culturales de los países latinoamericanos fueron los más castigados, no así en Europa, donde Alemania, por ejemplo, bajo el gobierno de Merkel, que no era precisamente un gobierno de carácter progresista, declaró la esencialidad de los bienes culturales y de la actividad cultural durante la pandemia. Nos falta esa concepción de que la cultura tiene el mismo valor que la política sanitaria y la política educativa. No tenemos las asignaciones presupuestarias necesarias. Si hay un desafío para que la cultura sea una política esencial, es una lucha que en Latinoamérica enfrentamos en todo el continente.

–Es que siempre manda otra urgencia.

–En Brasil, se hizo la Ley Sarney (de incentivos fiscales para la cultura), pero no tenemos la permanencia de políticas que sí tiene Europa y a su manera los países anglosajones. Tienen la percepción de que el cine, la música, son bienes esenciales y que le dan identidad al país y que le dan poder político. Eso es muy claro también: la cultura da poder político.

–En el caso de la Argentina, algo mencionaba antes de la cultura como marketing o propaganda política.

–El uso de determinados artistas y sistemas culturales como propaganda política es autoritarismo. Es sabido, ha sido así siempre. Hay incluso hasta movimientos que conocemos con el nombre del régimen político en que surgieron, sea arquitectónicamente o musicalmente: Leni Riefenstahl y el nazismo, Mussolini con sus grandes construcciones, el cine de los Teléfonos Blancos, el Realismo Socialista en la Unión Soviética.

­–¿Qué recuerdos tiene de su paso por el INCAA?

–Un recuerdo estupendo. Me tocó en una situación política y económica muy endeble, pero pude cumplir con el plan. Durante mi gestión, el Instituto se abrió a los nuevos realizadores que pudieron hacer sus primeras películas. Tuve una política internacional, que fue apoyada por el Gobierno, de difusión de cine argentino y tuve una muy buena relación con la gente de la actividad. Para mí, fue duro que terminara antes. Tengo una fuerte convicción política, pero la he destinado más a la academia y a mis estudios. Me siento mejor militando la cultura que defiendo. Pero sí había votado a ese Gobierno pensando que era una posible superación del esquema peronismo-antiperonismo/radicalismo o como queramos llamarlo. Me parecía que esa alianza entre sectores entre la Unión Cívica Radical, sectores de peronismo y sectores progresistas independientes era algo que podía aceptar. Yo no había aceptado cargos políticos con anterioridad y, en esa ocasión, lo acepté con mucha convicción. Y luego, claro, formé parte de ese sueño que no se cumplió, o de esa expectativa que no se cumplió, para no darle un tinte tan romántico. Mandé la renuncia antes del estallido, pero estuve hasta mitad de enero del 2002 esperando que llegara un presidente que aceptara la renuncia. Y no pude concluir un trabajo que yo pensaba que estaba bien encaminado.

José Miguel Onaindia, Personalidad Destacada de la Cultura, en 2017.

José Miguel Onaindia, Personalidad Destacada de la Cultura, en 2017.

­–¿Cómo ve la situación actual?

–Estamos en un momento realmente muy grave para la Argentina, no solamente en cuanto a política cultural. Es muy grave el daño que se le está haciendo permanentemente al concepto de la democracia como una cultura, como una forma de trato. La intolerancia frente al opositor es la pérdida de los modales democráticos, porque la democracia es un sistema político, pero también impone determinadas normas de trato. Eso es muy serio y puede tener consecuencias muy graves en el futuro, y que trascienden a los personajes, que siempre son transitorios. La historia nos enseña que aquello que se considera que va a durar mucho nunca dura mucho tiempo.

–También que los efectos se ven un poco más adelante.

–Hay un daño muy categórico a nuestra organización democrática. Este gobierno es como la punta de un iceberg que aparece ahora, pero que también ha sido construido. En el siglo XXI, eso que habíamos logrado en la primavera democrática, en el 84, de ponernos de acuerdo en un sistema de convivencia, se empezó a desmoronar. Y este gobierno es la exageración de todos esos defectos que ya venían embrionariamente mostrándose. Los discursos de intolerancia ya estuvieron presentes en gobiernos anteriores. No se inventan ahora. Lo que hay ahora es una exageración, se caricaturiza aquello que otros hacían con formas un poco más contenidas. Es muy grave. Espero que se resuelva de la mejor manera posible y además es muy grave en un contexto internacional donde tenemos a un presidente de Estados Unidos que se anima a amenazar a una civilización con la desaparición. Es algo que el mundo no puede tolerar. No tengo ninguna simpatía ni afinidad por el régimen de Irán ni por todo lo que representa, que es absolutamente lo contrario a mi mundo y a mi sistema de valores. Pero creo que el primer mandatario de un país, aunque sea potencia, se dirija de esa forma, porque se dirigió a la humanidad, es una amenaza contra todos. En ese contexto internacional, tener un sistema político y un presidente que más o menos se maneja con los mismos cánones, es muy grave para el país y para la sociedad.

En 2001, en el Festival de Cine Argentino de Nueva York, en los tiempos de Onaindia al frente del INCAA: junto a Tomás Fonzi, Jean Pierre Noher y Alejandro Agresti. Foto: Archivo Clarín

En 2001, en el Festival de Cine Argentino de Nueva York, en los tiempos de Onaindia al frente del INCAA: junto a Tomás Fonzi, Jean Pierre Noher y Alejandro Agresti. Foto: Archivo Clarín

–Y la cultura paga el precio.

–La cultura pasará nuevamente a ocupar caminos marginales y a estar en el borde. Hay, sin hacerlo formalmente, como una derogación permanente de la Constitución y del sistema, que finalmente es la carta por la cual estamos organizados: desde la asunción de espaldas al Congreso y hablando en los términos despectivos con que se refirió hacia la actividad política y estatal. Realmente es un discurso anticonstitucional y sobre el cual tampoco la sociedad civil tiene una reacción.

–¿Por qué no hay reacción?

–En primer lugar, no hay una reacción desde donde tendría que venir la reacción, que es del sistema político. O sea, no hay una dirigencia política en el Congreso porque por otra, tenía una gran debilidad parlamentaria al comienzo, que hoy ha rectificado, pero que todavía sigue siendo debilidad. Pero hoy hay todo un sistema que sostiene que «no importa nada», que se puede hacer cualquier cosa. Y, por otro lado, la ausencia de liderazgos políticos que generen una contraparte, una posibilidad de cambio o realmente que nucleen a todas las personas. En la política de Argentina, es raro pensar un momento político donde no haya una oposición más o menos organizada. La hubo aun en la dictadura.

–¿No ve una oposición?

–No veo que surja una oposición con liderazgo. También lo que aparece como oposición se refiere mucho a gobiernos pasados. Falta algo nuevo.

–¿Le gustaría volver a la Argentina?

–No en este contexto.

Fuente: https://www.clarin.com/revista-n/jose-miguel-onaindia-cultura-da-poder-politico-region-piensa-esencial_0_WLlOwekpxW.html

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