Diqui James, de Fuerza Bruta
- Con Aven, la compañía de teatro experimental y performático vuelve a convertir la escena en un carnaval sensorial de vuelos, música y cuerpos en movimiento.
- Su creador repasa más de dos décadas de un lenguaje propio que rompió con el teatro tradicional y transformó al público en protagonista.
Dicen que es el espectáculo más feliz del mundo. ¿Por qué será? Será, tal vez, por esa sensación de libertad que se desprende del vuelo de los acróbatas que hacen running en el aire. O de la energía que emanan en coreografías, o de la música, o los escenarios móviles, o las ballenas voladoras, o del griterío, o por esa suerte de bacanal autorizada que habilita un show como Aven, en la sala SinPiso, a pasitos de GEBA y de los Bosques de Palermo. Fuerza Bruta vuelve, una vez más, a sus andanzas, con esta segunda temporada de un show cuya fórmula, a esta altura de la soirée, conocemos desde hace dos décadas o más, para los que antes vieron a De La Guarda y mucho antes a La Organización Negra. Aun así, la propuesta sigue surtiendo efecto.
El hacedor es Diqui James. Uno de los creadores escénicos más influyentes de las últimas décadas en la Argentina, fundador de De La Guarda y posteriormente impulsor de Fuerza Bruta, James –ahora también conocido como «el papá del cantante pop Louta«– construyó una forma de espectáculo que rompió las fronteras entre teatro, danza, música y performance. A su manera, su propuesta es pionera en las experiencias inmersivas y experimentales, tan en boga por estos días a nivel global.
Su trabajo ha recorrido escenarios de todo el mundo –viene de una gira por Corea, Inglaterra, México y Perú– y su estilo, archiconocido, se caracteriza por desafiar la gravedad, las convenciones teatrales y, sobre todo y antes que nada, la pasividad del espectador. Es que lejos de una narración tradicional, sus shows invitan a una experiencia sensorial que apuesta al juego, la sorpresa y la celebración colectiva.
Fuerza Bruta: el fenómeno argentino que transformó el espectáculo mundial.
–¿Se puede decir, a esta altura, que han creado un lenguaje propio?
–El público juega un papel esencial en el espectáculo. Siempre buscamos un lenguaje que conecte con todos. El teatro callejero y el carnaval han sido una gran fuente de inspiración. Queríamos romper con esa barrera que a veces caracteriza al teatro como que está dirigido a unos pocos. Cuando comenzamos a recorrer diferentes lugares, nos dimos cuenta de que habíamos logrado crear un lenguaje universal, influenciado por esa esencia del teatro callejero. Que funciona en cualquier parte del mundo, incluso en contextos culturales completamente distintos, como Japón o Corea. Nos conectamos a través del show. Además, al ser un espectáculo donde el público forma parte del espectáculo, la respuesta colectiva modifica la obra. Cada país imprime su sello: la manera en que un japonés responde no es igual a la de un brasileño. Esto da lugar a espectáculos únicos en cada lugar que visitamos.
–Dicen que es «el show más feliz del mundo». ¿Cómo se crea felicidad como experiencia escénica en un contexto social atravesado por la incertidumbre?
–Todos los países de Latinoamérica que históricamente han enfrentado dificultades tienen un carnaval espectacular. Los argentinos somos de juntarnos un domingo a comer un asado. Somos felices así. Logramos juntarnos y festejar. Es algo que tenemos en nuestra cultura. No es algo que tengamos que hacer un esfuerzo para sentirlo. Siempre hablan del público argentino. Es real. Nos gusta, en un espectáculo donde podés expresarte, hacerle sentir al artista que estamos disfrutando, que somos parte de eso. No somos solo espectadores. Tenemos una actitud activa. Y para Aven eso es perfecto, porque justamente es lo que buscamos, que se mezcle esa energía con el show. Como espectador te das cuenta de que podés modificar el espectáculo. Nosotros estamos mezclados con el público y el público no está en una butaca, está parado y puede moverse. Se genera esa sensación de que podés modificar algo.
–Hablás del público, ¿qué cambios notás en estos 21 años de Fuerza Bruta, qué pasa cuando el espectador deja de ser pasivo para pasar a formar parte de la acción?
–Lo primero, de nuestra parte, es cómo logramos que el público entienda que Fuerza Bruta es un espectáculo para todos. Un momento muy importante fue el desfile del Bicentenario, que marcó un antes y un después para nosotros, ayudó a romper esa sensación de que nuestro show era algo raro. Desde el principio nos inspiramos en el carnaval y el teatro callejero, siempre creyendo que lo que hacemos es para todos. Lo confirmamos constantemente cuando personas de diferentes lugares y contextos, algunas de las cuales nunca habían asistido a un teatro, se sumaban: porque les pintábamos, porque trabajaban con nosotros en el lugar del espectáculo, por familiares que los acompañaban o simplemente por la curiosidad. Veías a los pibes disfrutando junto con sus familias, y eso nos reafirmaba que el arte puede conectar con cualquier persona. En estos 20 años, lo que más hemos conseguido es demostrar que nuestra propuesta es inclusiva, algo que cualquier persona puede disfrutar, ya sea con amigos o en familia. Es común ver cómo alguien viene solo al show y luego vuelve acompañado, muchas veces con sus padres, incluso mayores de 80 años, y los ves felices. Eso me emociona, hemos logrado romper esa barrera de ser una propuesta considerada rara o diferente y transformarla en algo universal. La evolución es visible: si comparás el público del show de 2008 con el de uno actual, notás la diversidad de edades. Es espectacular.

Diqui James: «Es un espectáculo para todos». Foto: Juano Tesone
–En una época dominada por las pantallas, debe ser de los shows más instagrameables del mundo.
–Sobre el tema de los celulares también tengo una anécdota curiosa. Una vez, en Japón, estábamos haciendo un preestreno con un software nuevo, y había mil personas presentes. Me di cuenta de que nadie estaba tomando fotos ni usando sus celulares y empecé a preocuparme porque pensé que no les interesaba. Después me explicó un productor que les habían pedido que no usaran celulares. Le dije: «¡Estás loco! Dejen que hagan lo que quieran». Cuando los japoneses se dan cuenta de que pueden sentirse libres y festejar, se desinhiben. Son muy cuidados y atentos cuando perciben lo que les permitís. Si notan que pueden gritar, aplaudir o expresar lo que quieran, aprovechan sin problemas. Igual a veces entramos en contradicciones con el tema de los celulares. Por un lado, a uno le puede molestar que alguien saque el teléfono en medio de una actuación, pero por otro, también podés pensar que si no lo sacó es porque no le interesa lo que ve o no lo quiere compartir. Creo que mi conclusión es: dejá que la gente haga lo que quiera.
–Libertad de celular.
–Los actores solemos hablar sobre esto porque estamos muy cerca del público. A veces te ponen el celular casi en la cara y aunque puede incomodar, siempre les digo: «Tómenlo como un halago». Es su forma de expresarse en ese momento. Quieren mostrar lo que experimentan o compartir lo que están viviendo. Y hay que reconocer que hay una curiosa relación de amor-odio con el móvil: nos quejamos, pero estamos todo el día pegados al aparato. Es contradictorio. Lo más importante para mí es que el público sienta que está en un lugar libre para expresarse. Los límites son no romper o dañar las cosas, y si ven a un actor pueden abrazarlo, pero con cuidado, sin empujar. Es decir, generar un ambiente relajado pero con buenos modales. Me encanta cuando se crea un clima de completa libertad para disfrutar: podés entrar con algo para tomar o comer y nadie te va a mirar raro. Esto es clave para nosotros porque fomenta un lenguaje festivo, esa energía callejera como la de un carnaval. En la calle todo fluye de otra manera: podés girar, moverte libremente, interactuar como quieras. Eso es lo esencial: crear un espacio donde todos se contagien de esa vibra única.
Que fluya
–Es una dinámica bien distinta a la del teatro tradicional, de butacas, escenario, celular apagado.
–El teatro es una convención y acá no hay convención: si querés gritar, gritá; si querés hablar, hablá; si te dan ganas de sacar el celular, hacelo. Si preferís ir a la barra, buscar un trago y volver, también está bien. El show tiene que ser lo suficientemente poderoso para que todo eso fluya de manera natural.
–En Aven, se incluyen muchos elementos de naturaleza: el viento, las mariposas, la ballena. ¿Qué tenían ganas de contar?
–Cuando era chico, me fascinaban las ciudades, lugares como Buenos Aires, los centros urbanos. Me encantaba la idea de andar por la ciudad, viajar, conocer San Pablo, Nueva York, Londres, Tokio. Todo lo relacionado con las ciudades me parecía increíble: las luces, los puentes, los túneles, los trenes. Sentía que ahí estaba la esencia de la belleza. Pero en un momento empecé a sentir una especie de regresión a mi infancia, a esos momentos en los que me encantaban cosas mucho más simples: el mar, las olas, el viento, los animales, la lluvia. Empecé a encontrar más emoción en esas cosas que en la ciudad misma. Y aunque lo nuestro es un proyecto totalmente urbano –con un lenguaje urbano y una estética urbana–, descubrimos esta idea de explorar la naturaleza. Nos fascina la naturaleza, nos emociona, pero al mismo tiempo decidimos representarla de forma deliberadamente artificial. No buscábamos que pareciera real; queríamos que fuera evidente que era creada, pero aún así capaz de conmover. Al mismo tiempo, todo esto se mezcla con lo urbano: las luces, el sonido de la música, nuestra vida diariade trenes y colectivos. Traemos toda esa energía urbana al espacio. De repente, te encontrás con algo que remite a la fuerza y la belleza de la naturaleza, como el poder de una tormenta. Nos gustó jugar con esa mezcla, con ese contraste entre lo natural y lo artificial.
–¿Cómo surge el título: Aven?
–Yo quería un título que no significara nada, que fuera abstracto. Lo mío es más físico, más sensorial, no tanto de las palabras. Además, quería una palabra que no tuviera traducción, porque después es un tema la traducción a otros idiomas. «Aven» me sonaba a «aventura», pero también a «Heaven», en inglés, que es «paraíso». Aven sonaba bien, me gustó.
–Fuerza Bruta nació de una tradición más experimental que viene desde La Organización Negra y De La Guarda. ¿Qué permanece de aquella energía original?
–Me siento muy orgulloso de todo el camino que hicimos. Cuando pienso en U.O.R.C, el primer espectáculo que realicé con La Organización Negra después de unirme como actor, sigo creyendo que fue el mejor show en el que participé. Eso fue a finales de los 80. Con De La Guarda dimos un salto inmenso que nos llevó a recorrer el mundo. Más tarde, crear Fuerza Bruta fue un paso vertiginoso, lleno de intensidad. A veces siento algo de nostalgia por todo aquello, pero al mismo tiempo me llena de energía. Valoro cada experiencia. Recuerdo cosas que hicimos hace muchísimo tiempo y pienso: «¡Qué bueno estaba!», aunque en ese momento no éramos conscientes del potencial que tenían nuestras ideas.
–A lo largo de los años, trabajaste en espectáculos masivos, ¿qué desafíos artísticos te siguen generando vértigo?
–A veces me pasa que me pongo feliz cuando se me ocurre una idea nueva al observar algo, pero al mismo tiempo me frustro y pienso: ¿Cómo no lo vi antes? Estaba frente a mí todo este tiempo. Me ha pasado que después de dedicar un año entero a armar un show, recién caigo en la cuenta de que podría haber sido mucho mejor si lo hubiera planteado de otra forma. A nosotros nos fascina eso de cambiar las cosas. Creo que es algo constante en nuestra historia. Nos entusiasma mucho probar cosas nuevas, sin importar nada. Es igual con la música, con el equipo, con la técnica. Si hay que tirar todo abajo y empezar de cero, a nadie le molesta. Los actores, lo mismo. Venimos con una idea nueva y están chochos. No pasa en todos lados. Por ejemplo, en Nueva York con Fuerza Bruta estuvimos nueve años seguidos trabajando, haciendo seis funciones por semana. Eso son más de 300 shows al año. Llegabas a tener un actor que hacía cinco años seguidos, ¡1500 funciones! Y allá tienen una disciplina tremenda, son ultra profesionales. Te hacen el show mil veces igual y siempre lo hacen bien, muy bien. Pero… llegás con una idea nueva y les arruinás la planificación. Entran en pánico: «¿Cómo vamos a hacer esto? Tenemos solo dos días para prepararlo». Es un lío total.
–¿En cambio acá…?
–Acá es distinto. Somos nosotros y nuestro proceso. Venís con una idea disruptiva, revolvés todas las áreas, y todos están contentos. «¡Dale! ¡Cambiémoslo! ¡Probemos!». Es parte de nuestra idiosincrasia. Por eso el concepto de obra para nosotros es tan importante. Siempre está en constante movimiento, evolucionando. Rompemos y volvemos a armar una y otra vez. Avanzamos, retrocedemos si hace falta, siempre cuestionándonos. Somos bastante irrespetuosos con nuestro propio trabajo. Pero al mismo tiempo somos muy respetuosos con nuestras ganas de crear, de cambiar, de hacer cosas nuevas. Disfruto de trabajar con un equipo que tenga esa misma predisposición: que venga alguien con una idea loca y el resto diga: «Dale, probémoslo». O incluso que te digan: «Vos estás loco, pero vamos». Tenemos un túnel de viento que pesa diez toneladas. Entonces yo digo: «Che, movamos el túnel al medio de la sala». Y alguien me dice: «¿Vos sabés que pesa diez toneladas?». Y yo pregunto: «Bueno, ¿pero se pueden mover diez toneladas». «Dame dos días». Y ahí empiezan: uno inventa algo con ruedas y contrapesos, otro hace los cálculos a ver si da todo bien… y al final se logra mover y queda perfecto. Porque si al final no queda bien… mejor ni pensarlo. Los argentinos tenemos una cosa cultural: nos encantan los desafíos y los cambios, avanzar siempre. Nos incomoda lo estático o demasiado rígido. Es algo que tiene sus pros y sus contras, pero nosotros siempre tratamos de sacarle jugo a las ventajas y avanzar con lo que tenemos a favor.
*Aven, de Fuerza Bruta, se presenta de jueves a domingos (y en vacaciones de invierno, de martes a domingos), con funciones entre las 18 y las 21.30 (según el día), en la sala SinPiso, J.A. Noble 4100. Hasta el 2 de agosto.
