jueves, mayo 7, 2026
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La nueva derecha en América Latina se alimenta de discursos religiosos, buscando moldear la cultura 

  • El auge de la nueva derecha en América Latina se alimenta de discursos religiosos, buscando moldear la cultura y reconfigurar el poder político a su favor.
  • El resurgir de las ideologías extremas amenaza la convivencia democrática, mientras líderes usan la religión para legitimar pulsos autoritarios en el continente.

Una escena se repite en el continente: Paula White, televangelista millonaria y consejera espiritual de Trump, proclama que “negar a Trump es negar a Dios”. Javier Milei dice haber hablado con Dios y gobernar guiado por las “fuerzas del cielo”. Nayib Bukele atribuye señales divinas a sus discursos. Jair Bolsonaro, hoy preso por intento de golpe de Estado, insiste en que Dios lo puso en el asiento presidencial. Trump asegura que sobrevivió a un atentado por una misión divina. José Antonio Kast, que apoyó el “Sí” a Pinochet en 1988, pide volver a “Dios, patria y familia” y afirma que Dios lo quiere mucho. La lista podría seguir.

La relación entre política y religión en las Américas atraviesa hoy una reconfiguración estructural que requiere una lectura histórica para dimensionar su alcance. En ese proceso se posiciona la llamada nueva derecha: un proyecto que supera cualquier intento de describirlo como un simple revival conservador. Se trata de una constelación transnacional que articula nacionalismo, religiosidad política, fundamentalismo moral, bronca, “batalla cultural” y teorías conspirativas. Su objetivo va mucho más allá de ganar elecciones: quieren moldear la cultura, redefinir la idea de libertad, imponer un estilo de vida puritano (que ellos mismos casi nunca cumplen) y reinstalar la idea de que el poder debe apoyarse en la religión como herramienta de movilización emocional y control político, usando el miedo a unas supuestas fuerzas progresistas que buscan “destruir Occidente”. Esta matriz es clave: el “anti progresismo”, igual que el anti feminismo, ya que el líder populista de la nueva derecha se muestra como una figura masculina y viril que rechaza cualquier avance en derechos para las mujeres, funciona como el eje que une todo su discurso. Y vale aclararlo: llaman progresista, comunista o incluso demoníaco a cualquier postura que no coincida con su agenda, incluida la defensa de la democracia.

En este contexto, el proyecto de la nueva derecha necesita más fieles que ciudadanos críticos. Por eso rechaza cualquier forma de cuestionamiento a los dogmas. La historia es elocuente. Tanto los procesos ilustrados como, más tarde, el movimiento por los derechos civiles de las décadas de 1960 y 1970 incomodaron a quienes se beneficiaban de privilegios y jerarquías: segregacionistas, misóginos, racistas, homofóbicos, xenófobos y otros defensores de un orden social excluyente. Esos grupos nunca desaparecieron; hoy siguen disputando el espacio que consideran propio, reforzados por la naturalización de sus discursos y por nuevas formas de odio político y social.

La normalización del odio en la era digital

La apología del odio y la ignorancia se han vuelto una pandemia global. ¿Cuánto puede resistir una sociedad ante el avance de estos discursos sin caer en la normalización de la violencia social y política? ¿Qué sucede cuando se generalizan y empujan a las personas hacia prácticas crueles? ¿Pueden, en su expansión, borrar aprendizajes históricos? ¿Cómo rebatir racionalmente el cambio climático ante alguien que cree que los científicos que alertan sobre el calentamiento global ocultan un plan para favorecer a los homosexuales? ¿Cómo discutir la eficacia de las vacunas con quien sostiene que forman parte de un complot internacional? ¿Y cómo llegan las narrativas autoritarias a convertirse en una opción viable para una porción tan amplia de la sociedad?

Tal vez estemos en el ojo de la tormenta, pero el panorama puede empeorar. Hubo un momento en que creímos que el nazismo había desaparecido. Sin embargo, fascismo y nazismo persistieron tras la Segunda Guerra Mundial: derrotados y socialmente condenados, pero activos en las sombras. Esa derrota desacreditó a la extrema derecha durante gran parte del siglo XX, lo que llevó a las corrientes ultraconservadoras a adoptar discursos más sutiles para ocultar sus vínculos e intenciones violentas. Hoy, ese dique se ha resquebrajado: para algunos, ser nazi incluso resulta “cool”. La banalización de ideologías extremas en redes sociales y en ciertos discursos públicos ha generado un caldo de cultivo que amenaza los principios básicos de la convivencia democrática como no ocurría desde hace décadas. Este es un momento de quiebre.

Ya no lo ocultan ni lo disimulan: hoy, nazis y racistas se exhiben abiertamente en las calles de Estados Unidos, en convenciones conservadoras estadounidenses como CPAC (Conservative Political Action Conference), en parlamentos europeos y en distintos lugares del mundo, donde proliferan células neonazis. Ahora se sienten cómodos siendo nazis y racistas a la vista de todos. Tras la victoria de Trump en noviembre de 2024, la escena en Ohio lo mostró con crudeza: un grupo de supremacistas blancos desfiló con banderas nazis y cánticos racistas para celebrar los resultados. Y no fue un hecho aislado. Según el Global Project Against Hate and Extremism, desde 2023 los grupos neonazis activos en el mundo aumentaron un 25%. Argentina tampoco queda al margen: a fines de 2025, en Caballito, fue detenido un adolescente de 16 años que planeaba un tiroteo escolar y poseía material con simbología nazi y afinidad a la extrema derecha. Las bases de estos movimientos se envalentonan, sus discursos se radicalizan y escenas como estas se repiten con inquietante frecuencia. Estamos frente a la normalización del odio, institucionalizada desde el poder político.Nayib Bukele, un presidente místico. Nayib Bukele, un presidente místico.

Esta dinámica no es nueva: es una puja recurrente en la historia, impulsada por la incomodidad de quienes perciben amenazados sus privilegios. La mentalidad tribal, el nacionalismo, el fascismo y los fanatismos religiosos operan como refugios frente a un mundo en transformación. Al mismo tiempo, una parte de la sociedad —la insumisa— vuelve a sacudir los cimientos con un espíritu libre que intenta empujar hacia adelante. Es una historia, una puja, por volver a la Edad Media o por salir de ella.

Alianzas para multiplicar la influencia

En la visión de estos nuevos populismos, el pasado aparece ligado a normas de género tradicionales y a una estructura de poder patriarcal. Y, como tantas veces, cada avance en derechos activa una fuerza nostálgica que idealiza un pasado que solo benefició a quienes se favorecían de esas desigualdades. Ocurrió frente a la ampliación de derechos de las mujeres, el fin de la segregación, los movimientos por la libertad sexual o la defensa de la libertad de pensamiento. Hoy, las nuevas derechas regresan con intensidad y con un programa explícito. Lo hacen después de prolongados procesos de liberación: desde los avances de las décadas de 1960 y 1970 hasta las transformaciones recientes impulsadas por las nuevas olas feministas y los estudios de género, que cuestionan la visión heteronormativa defendida por libertarios, anarcocapitalistas, conservadores y otros.

La intención es imponer disciplina y obediencia, por eso estos movimientos se apoyan en religiones milenarias. Para comprender –y enfrentar– estos fenómenos es necesario ir a la raíz: mientras sigamos necesitando dioses, los falsos profetas encontrarán creyentes dispuestos a darles su voto y a sostener el negocio de los megatemplos, como ocurre con el movimiento evangélico. Sin masas creyentes, su política no funciona. La religión nunca salió de la política: “Dios lo quiere” fue durante siglos la excusa más rentable del poder, y continúa siéndolo hoy. Milei abraza al expresidente brasileño Jair Bolsonaro durante el CPAC Brasil 2024, en Balneario Camboriú, estado de Santa Catarina, Brasil, el 7 de julio de 2024.
Foto:  AP/Heuler Andrey, archivo.

Milei abraza al expresidente brasileño Jair Bolsonaro durante el CPAC Brasil 2024, en Balneario Camboriú, estado de Santa Catarina, Brasil, el 7 de julio de 2024. Foto: AP/Heuler Andrey, archivo.

La religión, lejos de haber sido superada en la modernidad, vuelve a ser un instrumento central en la política contemporánea de decenas de países. Las nuevas derechas populistas –como las de Javier Milei, Donald Trump, Jair Bolsonaro o Nayib Bukele– no solo reutilizan discursos religiosos: se erigen en “nuevos mesías”, proyectando la imagen de enviados divinos a quienes se les debe fe y obediencia. La necesidad humana de figuras sacralizadas encarnadas en políticos alimenta el narcisismo de líderes peligrosos y debilita el pensamiento crítico. No necesitamos dioses ni mesías políticos para construir una sociedad justa, y cada vez que se mezcla fe con poder, la historia deriva en retrocesos. Estas nuevas derechas no solo emplean textos religiosos como manual de política pública (o de economía), sino que se presentan como profetas que dictan verdades sagradas y nombran enemigos a los que hay que destruir de manera activa y militante. Sobre este uso de la Biblia como programa de gobierno, resulta pertinente recordar la frase de Sam Harris en Una carta a una nación cristiana (2008):

“¿Podrías demostrar que Zeus no existe? No. Ahora imagina vivir en una sociedad donde la gente gasta miles de millones de dólares al año para honrar a los dioses del Monte Olimpo. Un lugar donde el gobierno destina fondos públicos para apoyar instituciones dedicadas a rendirles culto, y donde templos paganos reciben subsidios provenientes de los impuestos. En esta sociedad, incluso las decisiones sobre temas como el aborto se basan en pasajes de La Ilíada La Odisea, influyendo directamente en los debates sobre políticas públicas”.

El saldo de este mundo medieval de la nueva derecha es la devastación de la democracia racional: retrocesos en derechos humanos, gobiernos dogmáticos y anticientíficos que rechazan vacunas, coquetean con teorías terraplanistas y toman decisiones públicas guiadas por supersticiones o médiums “del más allá”. La tragedia es que estos “mesías” políticos se sostienen gracias a un votante fanatizado, dispuesto a justificar atropellos por lealtad sagrada y atrapado en las dinámicas de polarización que estas derechas han perfeccionado. Están logrando quebrar los consensos democráticos más elementales y allí radica su triunfo. Las redes sociales, convertidas en altares modernos, albergan las nuevas hogueras digitales con las que se “quema” simbólicamente a mujeres y a cualquiera señalado como enemigo del “orden natural” o de la “batalla cultural”.

Batallas por el odio y el castigo

El castigo al enemigo se convierte en un motor emocional central y en una promesa de campaña. Los militantes de la nueva derecha esperan, casi con devoción, que el “papá líder” discipline a quienes consideran una amenaza para el orden que imaginan, y esa expectativa forja una identidad colectiva y simbólica. De ahí la proliferación de consignas que llaman a “eliminar al enemigo” o “sacar del medio a los parásitos mentales”, todas bajo la misma lógica de purificación. Estas pulsiones se proyectan sobre un “monstruo” elástico que puede abarcar a cualquiera que se interponga en la peregrinación ideológica de la nueva derecha. Los admiran por lo que destruyen, no por lo que construyen: los votan por los enemigos inventados que prometen aniquilar.

Abunda un deseo de castigo, una pulsión que evoca las antiguas escenas de azotes en plazas públicas. La agresión es la forma de interacción y relación con los demás. Aunque el maltrato y el odio no son algo nuevo en el ser humano, lo que realmente marca la diferencia es el uso masivo de las redes sociales como vehículos para propagar odio, maltratar y hacer bullying, generando una viralización sin precedentes de estas dinámicas. Desde las plataformas digitales que mueven el mundo hasta las instituciones políticas. Sin embargo, aquí viene lo más llamativo: el “derecho a ofender” y el odio en nombre de Jesús, quien habría mandado a poner la otra mejilla, es algo que se observa en las filas de estas nuevas derechas.

Pero enfoquémonos en algunos ejemplos sobre la proliferación de estos modelos y, específicamente, de los aparatos evangélicos. El intercambio entre poder político e iglesias evangélicas se ha convertido en un negocio bidireccional: los líderes religiosos utilizan a figuras como Trump para promover sus agendas, mientras que él capitaliza su respaldo para sostenerse políticamente. Así lo hacen decenas de políticos a lo largo del continente.6 de enero de 2021. En el centro, Jacob Albert Chansley (c), un miembro del movimiento de teorías de la conspiración QAnon conocido como Jake Angeli O "Yellowstone Wolf", en el Capitolio en Washington (EE.UU). 
EFE/EPA/Jim Lo Scalzo

6 de enero de 2021. En el centro, Jacob Albert Chansley (c), un miembro del movimiento de teorías de la conspiración QAnon conocido como Jake Angeli O «Yellowstone Wolf», en el Capitolio en Washington (EE.UU). EFE/EPA/Jim Lo Scalzo

Este vínculo genera un ciclo tóxico en el que poder, dinero, nacionalismo y estructuras sectarias se alimentan entre sí, con consecuencias directas para la democracia. El asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 lo dejó claro: sectores del nacionalismo cristiano, alentados por Trump, se movilizaron como fuerza de choque y terminaron atacando el Congreso, uno de los símbolos centrales de la democracia estadounidense. Dinámicas parecidas aparecen en Centroamérica, donde el peso electoral de las iglesias impulsa leyes homofóbicas, misóginas y restrictivas, y en Brasil, donde el evangelismo fue clave para el ascenso de Jair Bolsonaro. Con un promedio de 17 iglesias nuevas por día y una bancada evangélica que controla presupuestos y agenda pública, Brasil consolidó un ecosistema donde organizaciones religiosas funcionan como máquinas electorales. La Iglesia Universal del Reino de Dios, fundada por Edir Macedo –empresario y magnate mediático con una fortuna estimada en 1.100 millones de dólares– es un caso emblemático de la articulación entre fe, política y negocios, sostenida por una red global de medios y estrategias de captación como el eslogan “Pare de sufrir”, dirigido a sectores vulnerables a los que ofrece “salvación” económica y espiritual (pero nada es gratis).

Misas y herejes en el patio trasero

En América Latina, este entramado funciona como un dispositivo de poder donde iglesias financian campañas, negocian favores por votos y se presentan como redes de contención mientras expanden estructuras misóginas y prácticas como los “exorcismos” públicos. En Argentina, Milei profundizó esta convergencia al reunirse con líderes evangélicos en la Casa Rosada y participar en la inauguración del megatemplo “Portal del Cielo” en Chaco, articulando su “batalla cultural” con una retórica espiritual basada en un supuesto “orden natural”. El evento formó parte del Congreso “Invasión del Amor de Dios”, dirigido por Jorge y Alicia Ledesma, pastores con 166 congregaciones en 66 países e investigados por abuso, daños morales, lavado y evasión. Las legislativas de 2025 consolidaron la presencia evangélica desde La Libertad Avanza y su alianza con ACIERA, reforzada por la visita del famoso televangelista estadounidense Franklin Graham, mientras crece el ensamblaje entre iglesias y Estado en las provincias, como el caso de Santa Fe.

En Centroamérica, el evangelismo alcanzó un nivel de institucionalización elevado: en Guatemala, Honduras y El Salvador, el crecimiento de estas iglesias convirtió a minorías religiosas en actores decisivos. Nayib Bukele ejemplifica este giro, usando símbolos religiosos para legitimar su política punitiva y transformar el miedo en adhesión, mientras la retórica divina justifica la concentración de poder y erosiona el Estado de derecho. Guatemala, con más de 40.000 templos, evidencia esta influencia consolidada. Este revival religioso –heterogéneo, transnacional y político– representa hoy una amenaza directa para la democracia: líderes como Trump, Bolsonaro, Bukele o Milei (incluso Maduro) recurren al apoyo evangélico y al lenguaje religioso para legitimar pulsos autoritarios en sociedades donde los derechos reproductivos y las libertades civiles siguen profundamente restringidos.El 6 de noviembre de 2025, Milei recibió en la Casa Rosada al Consejo Directivo de ACIERA en un acto protocolar por el Día de las Iglesias Evangélicas.

El 6 de noviembre de 2025, Milei recibió en la Casa Rosada al Consejo Directivo de ACIERA en un acto protocolar por el Día de las Iglesias Evangélicas.

Al final, la nueva derecha puritana encarna el temor absurdo de que alguien pueda ser feliz y vivir sin obedecer a un mesías, celestial o terrenal. Todo sistema de pensamiento o religión que amenace con violencia, de cualquier tipo, es moralmente fallido. Toda religión refleja la mentalidad de su época. En cualquier sistema legal moderno, Abraham, una figura central en las tradiciones judeocristianas y conocido por ser el patriarca del pueblo hebreo, sería procesado por abuso de menores, por intentar matar a su hijo Isaac a petición del propio Dios, quien luego le dijo que no era en serio.

Paulo Bitencourt en su obra Liberto de religión (2018), sostiene que las religiones usan el miedo como instrumento de dominación y que toda ideología que amenaza con castigo a quienes la rechazan es intrínsecamente perversa, como ocurre cuando el cristianismo se emplea como ideología política. Esto se basa en la figura de un dios que recompensa y castiga, donde la vida se ve como una prueba administrada por un ser superior que exige ser temido. Nos observa, nos vigila constantemente y tiene un temperamento terrible. Es difícil adorar a un dios que amenaza con fuego eterno a quienes no creen en él. ¿Cómo puede un dios amar a quienes condena al infierno y al fuego eterno por desobedecerlo?

Estos hechos, según el autor, invitan a preguntarnos si es psicológicamente sano vivir bajo el temor constante de desagradar al “gran padre” (o gran hermano), que día y noche vigila a sus hijos y registra cada acción y pensamiento, mostrando una obsesión patológica por las restricciones sexuales. Esa misma obsesión patológica con el sexo es la que define a la nueva derecha. Cada quien puede tener sus creencias, siempre que no las imponga a los demás y entienda que lo que su religión le prohíbe es para él, no para los demás.

No debemos olvidar que las religiones organizadas están compuestas por individuos concretos, con intereses, historias personales e incentivos. Lo más provocador es que todavía nos matamos por libros de la Antigüedad, mientras que, como señaló el biólogo Richard Dawkins, nosotros los ateos nos enfrentamos a las religiones con debates e ideas: no bombardeamos, decapitamos, crucificamos ni quemamos a nadie por un desacuerdo teológico.

Sam Harris, en Carta a una nación cristiana (2008), señala que, aunque la influencia religiosa parezca difícil de reducir en la sociedad, gran parte del mundo desarrollado está muy cerca de lograr que las personas dejen de depender de ella. Países como Noruega, Islandia, Australia, Canadá, Suecia, Suiza, Bélgica, Japón y Dinamarca son algunas de las sociedades menos religiosas del planeta y, al mismo tiempo, destacan en indicadores como esperanza de vida, alfabetización adulta, ingreso per cápita, igualdad de género, avances en derechos humanos, y bajas tasas de homicidios y mortalidad infantil. Esto demuestra que la fe no es indispensable para la cohesión social, la democracia ni el progreso.

Por estos lados la religión sigue operando como capital político y como ideología de Estado; no ha abandonado el espacio público, solo ha cambiado de escala, estética y estrategias. Enseñar a una sociedad a arrodillarse ante una autoridad divina dificulta que se atreva a cuestionar o levantarse frente a cualquier autoridad visible. El verdadero desafío consiste en recuperar la capacidad de pensar y actuar por cuenta propia, sin intermediarios divinos que determinen lo que se debe temer ni cumplir, sin imponer una moral en nombre de una supuesta libertad, siendo buena persona, con empatía y dejando de convertir la política en un circo patético. El cambio pendiente es profundo y requiere un esfuerzo sostenido a largo plazo, pero es la vía para consolidar sociedades más justas, democráticas y respetuosas de los derechos humanos, tanto los que hemos conquistado como los que aún quedan por alcanzar.

Antonella Marty, escritora rosarina, graduada en Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas. Es autora de varios libros publicados por Planeta (Deusto), entre los que destacan Nacionalismo: el culto común del colectivismo (2023), Ideologías (2024) y La nueva derecha: qué es, qué defiende y por qué representa una amenaza para nuestras democracias (2025).

Fuente: https://www.clarin.com/revista-n/religion-populismo-politica-triangulo-hierro-control-americas_0_RODAIRsZgi.html

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