Marcos López: cinco décadas de imágenes
Con más de cincuenta años de trayectoria, Marcos López ocupa un lugar central en el arte contemporáneo argentino.La exposición en La Boca propone una lectura en presente de su obra, lejos de una cronología clásica y basada en retornos y obsesiones visuales.Color, teatralidad y humor funcionan como herramientas para pensar lo social desde la fotografía.
Fue a mediados de la década de 1990 cuando Marcos López comenzó a hacerse visible con su serie Pop Latino. El artista nacido en Gálvez, Santa Fe, en 1958 irrumpió en la escena y desplazó los límites de la fotografía local. Se propuso abandonar el registro documental clásico para construir imágenes en las que la realidad se transforma en una puesta en escena: no se trata de copiar lo real, sino de activarlo a través de colores intensos, teatralidad, humor y una poética que nunca pierde el anclaje en una cultura visual latinoamericana concreta y, sobre todo, reconocible.
Marcos López / Fotografías 1975 – 2025, en Fundación Larivière. Foto: gentileza.
La obra de Marcos López ocupa hoy un lugar singular dentro del arte contemporáneo argentino y latinoamericano. No solo por su circulación sostenida en museos, galerías y colecciones internacionales, sino por su capacidad de generar cercanía. Sus imágenes no se imponen: se ofrecen. Invitan a mirar sin solemnidad, a descubrir que lo cotidiano –lo popular, lo doméstico, lo excesivo– puede convertirse en una escena cargada de sentido.
En el barrio de La Boca, la exposición Marcos López. Fotografías 1975–2025, presentada en la Fundación Larivière (Caboto 564), propone la primera gran revisión retrospectiva de su trayectoria. La muestra, que volvió a abrir sus puertas el 15 de enero, reúne más de doscientas obras que recorren cinco décadas de producción y permiten observar la persistencia de ciertas obsesiones: el cuerpo, la escena social, los rituales cotidianos, el cruce entre lo íntimo y lo colectivo.
Desde el texto curatorial, la licenciada en Historia del Arte Valeria González destaca que este es el momento justo para volver la mirada sobre el artista que marcó uno de los puntos de origen de la fotografía argentina contemporánea en 1993. “En esa época no había Google ni Photoshop: haciendo alarde de marginalidad, Marcos López se apropió de un estilo primermundista y publicitario para pronunciarlo mal, para erigir escenas de cartón pintado por cuyas fisuras se colaba toda la irreverencia y el candor de una estética de periferia. Sus alegorías documentales reavivaron, en una coyuntura clave, la identidad política de la fotografía latinoamericana”.
La exposición se define como “una lectura en presente de una obra que nunca dejó de interrogar su tiempo”. El recorrido no responde a una lógica evolutiva ni a una progresión estilística clásica, sino a “un sistema de retornos, insistencias y variaciones donde cada imagen dialoga con otras, incluso a décadas de distancia”. Esa decisión se percibe con claridad en las dos salas de la Fundación. El tránsito por las obras permite ver con nitidez cómo López construyó una poética visual que es, al mismo tiempo, profundamente personal y un espejo de la identidad latinoamericana contemporánea.
En esa línea, la curaduría subraya que en la obra de López “la fotografía deja de ser testimonio para convertirse en escena” y que su trabajo “no documenta la realidad argentina: la actúa, la exagera y la vuelve visible en sus tensiones”. Son muchas las piezas que condensan ese universo. Basta pensar en «La ciudad de la alegría» (1993), obra inaugural de la serie Pop Latino, de tono decididamente político, con la multiplicación de pancartas con el rostro de Carlos Menem como síntesis del estilo kitsch de los años noventa.
Esta afirmación permite leer en continuidad tanto las primeras fotografías como las grandes puestas en escena cromáticas que consolidaron su lenguaje visual, aun cuando los contextos y los modos de producción hayan cambiado. La retrospectiva –que incluye imágenes inéditas– confirma así una hipótesis central: “Marcos López no construyó una obra a partir de imágenes aisladas, sino una forma de pensar visualmente el mundo social”.
El fotografo Marcos Lopez. Foto: Andres D’Elia.
Más que una suma de imágenes memorables, el conjunto funciona como un cuerpo coherente, donde el humor, el artificio y la teatralidad operan como herramientas críticas –no siempre cómodas– antes que como meros recursos formales. La obra más fotografiada, aquella a la que los visitantes se acercan casi de inmediato, es «Asado en Mendiolaza»: una pieza clave, una apropiación osada que desacraliza «La Última Cena», de Leonardo da Vinci.
Otra de las más elegidas es «Gaucho Gil», una reinvención de la estampita más difundida del santo popular Antonio Mamerto Gil Núñez, conocida como el Gauchito Gil, perteneciente a la serie Sub-realismo criollo. A ellas se suma «El Sireno del Río de la Plata», donde López propone, a modo de homenaje irónico a «La Sirenita» de Hans Christian Andersen –instalada en la bahía del puerto de Copenhague–, la figura de un hombre a orillas del Río de la Plata.
En el segundo núcleo de la sala principal se exhibe una serie de fotografías rescatadas de distintos anticuarios, muchos de ellos de San Telmo, que el artista intervino durante la pandemia. Entre esas imágenes sobresale la de una niña con su vestido de primera comunión portando una motosierra pintada sobre la escena. ¿Premonición?
Marcos López / Fotografías 1975 – 2025, en Fundación Larivière. Foto: gentileza.
El conurbano como experiencia
La cultura popular nutre de manera decisiva la obra de López. Lo ha dicho en reiteradas ocasiones, y las imágenes que circulan en las redes sociales de The Walking Conurban lo sedujeron por completo. Esa fascinación lo llevó a curar la muestra que, tras un breve intervalo, abrió sus puertas el 12 de enero en Central AFFAIR, en el corredor de galerías de la calle Florida, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. “La mayoría de las fotos me hubiera gustado tomarlas a mí –escribió el artista en su cuenta de Instagram–. Varias veces les pedí la dirección de una foto a Guillermo y a Diego (creadores de la cuenta), fui e hice la misma foto”.
Como corolario, la exhibición contará con la publicación del libro Conurbano Style, con texto de Leo Oyola, que estará disponible en marzo. “Elegí 150 fotos de las más de 4.000 que miré. The Walking Conurban –destaca en el mismo post– es un verdadero ensayo sociopolítico, económico y antropológico, y una reflexión sobre la identidad argentina y sudamericana fuera de serie”. En la última página aparecerán los nombres de quienes, al comprar el ejemplar en preventa, apoyaron la primera edición.
Marcos López / Fotografías 1975 – 2025, en Fundación Larivière. Foto: gentileza.
Desde la plataforma Oficina de Proyectos se anunció esta colaboración entre López y The Walking Conurban para construir un relato de la patria conurbana. En sus más de 195 páginas convivirán las imágenes seleccionadas por el padre del pop latino, los textos de Oyola y de otros autores. “Una mezcla de absurdo, ternura, excesos, chistes geniales y superposición de texturas del subdesarrollo”, describe López, y confiesa lo difícil que le resultó escribir el texto de contratapa: “No hay nada para decir después de ver las imágenes”, reconoce en sus redes sociales bajo el título Dios los cría y el viento los amontona. “Creo que definitivamente va a ser la frase con la que estoy tratando de justificar la selección”.
Desde 2018, la cuenta colaborativa de Instagram y X (ex Twitter) The Walking Conurban se dedica a capturar y recopilar imágenes del conurbano bonaerense, con la intención de reivindicar el territorio y a quienes lo habitan. Es un espacio para reflexionar y, por qué no, reír sobre la idiosincrasia de la provincia: sus imágenes icónicas y personajes únicos, su descontrol estético, sus proezas minúsculas y sus leyes propias. Ese espíritu es el que prevalece en la muestra: fotografía, memoria y relatos que nacen de la calle y de la mirada de la gente. “Las fotos están tomadas con el teléfono por ‘gente común’ –palabra estructural e intrínsecamente equivocada; nadie es común–, aunque seguramente también hay imágenes hechas con cámaras por fotógrafos aficionados o profesionales”, dice López. El conurbano como corazón emocional del país.
Incomodidad que seduce
Cuando Marcos López irrumpió en la escena artística de los años noventa, lo hizo desacomodando categorías. Sus imágenes eran demasiado coloridas, demasiado construidas, demasiado populares para encajar sin fricción. Esa incomodidad inicial fue, con el tiempo, una señal.
Marcos López / Fotografías 1975 – 2025, en Fundación Larivière. Foto: gentileza.
Los primeros textos críticos que registraron su obra intuyeron que allí había algo distinto: una fotografía que no buscaba distancia ni neutralidad, sino implicación. Ese momento de extrañeza fue también el inicio de una trayectoria que hoy se lee como fundacional.
La presencia de la obra de Marcos López en colecciones internacionales confirma su lugar dentro del canon contemporáneo. En estos días, el artista se mostró especialmente satisfecho con la muestra Clásico y moderno, inaugurada el miércoles 7 de enero en Espacio Foto Arte, en los Altos de Punta Piedras, Punta del Este, creado por la arquitecta Carolina Pedroni y el fotógrafo Roberto Riverti. A través de sus redes sociales, López celebró que varios coleccionistas adquirieron su obra.
En Estados Unidos, su trabajo integra las colecciones del Museo del Barrio, en Nueva York, y del Museum of Fine Arts, Houston. Allí, sus fotografías dialogan con una lectura de la cultura visual latinoamericana en clave contemporánea, donde la identidad aparece menos como esencia que como construcción. “La identidad no se presenta como origen, sino como escena: algo que se actúa, se exagera y se pone en tensión”, señala el texto curatorial.
Entre las piezas más emblemáticas de su producción, «Asado en Mendiolaza» ocupa un lugar central. La fotografía integra la colección permanente del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, en Madrid, y del Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León (MUSAC). En ambos contextos, la obra no funciona como emblema nacional, sino como escena crítica. Tal como señala la curaduría, López “trabaja con íconos compartidos para desarmar jerarquías culturales sin renunciar al placer visual”, aun cuando ese placer no sea siempre inmediato.
Marcos López / Fotografías 1975 – 2025, en Fundación Larivière. Foto: gentileza.
A este conjunto se suma «Autopsia» (2005), incorporada a la colección de la Fundación Daros-Latinamerica, en Zúrich, donde el cuerpo aparece como territorio simbólico atravesado por tensiones sociales, políticas y culturales. La curaduría destaca en esta pieza “una teatralidad extrema que no busca seducir, sino confrontar”.
Esa relación particular con las instituciones –presente pero nunca distante– también se manifiesta en proyectos específicos, como los trabajos realizados para el Goethe-Institut Argentina en el marco de la conmemoración por los 200 años de amistad entre Argentina y Alemania.
López fue invitado a desarrollar una instalación que mostrara su interpretación personal del vínculo entre ambos países, jugando con clichés alemanes y argentinos de forma irónica y provocadora, como el chopp de cerveza intervenido con la imagen del reloj cucú de Villa Carlos Paz, uno de los íconos de su serie Pop Latino. La instalación ocupó, hasta noviembre de 2025, la vidriera de la biblioteca del Goethe-Institut, sobre la avenida Corrientes.
Jugar de local
En el ámbito local, la obra de Marcos López integra colecciones públicas y privadas fundamentales del sistema artístico argentino. En el Museo Nacional de Bellas Artes forman parte del acervo piezas como «El jugador» (1995) y «Elba, Buenos Aires» (1992), correspondientes al período en que el artista consolidó el pasaje hacia una fotografía escenificada y crítica de los imaginarios culturales locales.
El Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) conserva obras emblemáticas como «Héctor – El mártir» (2003) y «Amanda» (2005), mientras que el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires cuenta con piezas vinculadas a la expansión de la fotografía hacia la puesta en escena y la cultura visual urbana. A este entramado se suma la Galería Rolf Art, que ha acompañado de manera sostenida distintas etapas de su trayectoria y ha presentado obras clave como «Asado en Mendiolaza».
La obra de López también se manifiesta en objetos. Los pingüinos para vino –jarras que atraviesan generaciones– aparecen en su producción como esculturas populares cargadas de afecto y memoria: Pingüino Splash, Pingüino Gardel y Pingüino Tigre. “El pingüino no es un objeto gracioso: es una escultura popular que estuvo en millones de mesas”, afirma el artista.
Esa misma lógica se extiende al espacio público. Al referirse al mural de «La Última Cena» instalado en un taller mecánico de Balvanera, López fue claro: “Me gusta que la imagen conviva con la grasa”. La frase sintetiza una ética visual que atraviesa toda su obra: el arte no separado de la vida, sino mezclado con ella.
Marcos López / Fotografías 1975 – 2025, en Fundación Larivière. Foto: gentileza.
La obra de Marcos López no permanece solo porque haya sido legitimada. Permanece porque sigue funcionando. Porque sus imágenes no se clausuran ni se agotan en una lectura. Proponen, en cambio, un ingreso lateral y afectivo, donde el espectador se descubre implicado antes de comprender del todo. En esa zona ambigua –entre la risa, la incomodidad y el reconocimiento– la obra despliega su eficacia más duradera. Un arte que invita a entrar, a quedarse y, sobre todo, a volver.
