La autobiografía de Victoria Ocampo
Regresan los primeros tres tomos de la autobiografía de Victoria Ocampo, mecenas y cerebro de la cultura argentina del siglo XX, fundadora de la revista y editorial Sur.
Después de muchos años sin reeditarse, vuelve a aparecer esta Autobiografía de Victoria Ocampo en seis pequeños tomos. Ahora en una edición mejorada, en la que se reponen los nombres que ella ocultó por piedad o, vaya a saber, por conveniencia. Pero la aparición de los tres primeros de los seis, conserva casi exactamente la apariencia de su primera publicación entre los años 1979 y 1984.
Estos tres tomitos cuentan su período de formación hasta la aparición de la revista Sur, con la que no sólo descubre su vocación, sino que se descubre su personalidad pública, esa que conocemos sin necesidad de leer su obra y que selló el destino de una parte de la cultura nacional de manera indeleble.
Que tres de las casas que habitó (la de Mar del Plata, la de Palermo y la de Béccar) se hayan convertido en centros culturales no muestra sino el poder con el que trasformó la cultura. Beatriz Sarlo llamó a ese poder la capacidad de generar una “máquina cultural”, es decir, un dispositivo de funcionamiento que no necesita de la persona para ponerse en marcha. Como si esas casas dijeran: “Allí donde puso un pie V. O., se discutirá la cultura del presente en todos los tiempos”. Victoria Ocampo fue una parte indispensable de la cultura argentina, porque su acción no puede ser soslayada ni por los que acuerdan con sus ideas, ni por lo que la denuestan.
Su influencia se extiende más allá de la Argentina, claro. En todas las referencias a los benefactores de la intelectualidad parisina del período de entreguerras y durante la Segunda Guerra Mundial, que reunía a franceses con ingleses y americanos varados en la ciudad, aparece el nombre de Victoria Ocampo como una de las más grandes contribuyentes a esa comunidad. Sobre todo a través de Sylvia Beach, la dueña de la librería de París Shakespeare & Company (que en aquella época estaba en el barrio de Odéon) y editora de libros como Ulises. Su tarea de embajadora de la cultura argentina solo se puede comparar con la del fundador y sostén de la Escuela de Frankfurt (entre el año 1923 hasta su cierre), el también argentino Félix Weil.
Pero no la iguala porque ella también fundó la revista Sur, que le dio forma al cosmopolitismo cultural argentino hasta la década del 60 y más allá, mediante traducciones de grandes obras, invitaciones a intelectuales, protección del bienestar de muchos escritores e intelectuales de todo el mundo.
Su primera amistad literaria, adolescente, y su correspondencia es con Delfina Bunge, narrada en el Tomo II, El imperio insular. En las cartas confiesa la conciencia y el temor a que el matrimonio se constituya en una cárcel y la desespera la posibilidad de caer en la trampa que supone el enamoramiento: “Sí. Sólo me he jurado a mí misma que no tendré sino un gran amor: el arte”. El arte y el contacto con los artistas e intelectuales del siglo será justamente lo que la aleje de la religión católica, de la institución matrimonial, y la acerque al feminismo, a la vida mundana, al trabajo. Victoria Ocampo es el ejemplo perfecto de la mujer del siglo XX que sabe que tiene que optar y que seguir una vocación implica romper lanzas con la vida que le había sido destinada por su familia y las instituciones de su época. “¡El casamiento me parece algo tan temible!”.
En ese mismo Tomo II sostiene que “el gran proletariado del mundo es el de las mujeres de todos los países y de todas las clases. Me salieron al pasar, como era de esperarse, los comunistas, para proclamar que yo pensaba y decía disparates…”. Lo notable es que ese es el argumento de Engels en su libro La sagrada familia, donde examina el efecto de la lucha de clases sobre las instituciones nucleares.
El episodio es óptimo para ilustrar hasta qué punto ella era el objeto de malinterpretaciones. Su nombre y su linaje siempre precedieron a sus argumentos o a sus ideas. Es la típica escritora que se lee instalado en el prejuicio y en la idea ya concebida antes de llegar a la primera página.
Una tapa de la revista Sur exhibida en Villa Ocampo. FOTO: DIEGO DIAZ.
Cuando relata el error que cometió con su joven matrimonio, termina con la publicación de las cartas de sus parientes en que se relata la trágica muerte de Felicitas Guerrero en 1872, asesinada por un tío abuelo de la propia Victoria, y en la que Victoria ve, sin dudas, una precursora de su espíritu rebelde frente a las obligaciones impuestas por su familia.
Confinada al mundo en el que nació, su infancia se limita a la vida junto a sus cinco hermanas menores, con las que comparte el contacto con el ejército de sirvientes, mucamos, choferes, nanas, institutrices; ese rasgo bien latinoamericano: la vida se desarrolla con esa otra familia, el servicio doméstico, y allí las tareas de preparación del vestuario para las fiestas y el aseo personal se confunden con el aprendizaje de lenguas o con los rudimentos de aritmética.
Todo es lo mismo: lo privado se confunde con lo público y lo familiar se entrelaza con lo nacional. La amistad de su abuelo con Sarmiento, entre otros próceres, la hacen comprender desde niña que el destino de la nación se debate, muchas veces, en el living de su casa (cuando no en otras habitaciones).
Y a veces en esta autobiografía logra plasmar imágenes que han quedado grabadas en el imaginario de nuestra cultura como una fuente incesante de sentidos. Valga como ejemplo el ya célebre episodio usado como letanía para ilustrar con una imagen instantánea a la aristocracia argentina: “En nuestro primero y segundo viaje a Europa nos embarcamos con vacas (dos) y gallinas (varias)…”. Retrato perfecto de una clase nacionalista, patriótica, oligarca, suntuosa y liberal. Contado quizás, con inocencia, el episodio dio lugar a una cantidad casi infinita de interpretaciones. La obra de teatro inspirada en esa oración, El niño argentino, de Mauricio Kartún, de 2006, es una de las más deliciosas y agudas.
Más allá de lo folclórico del episodio, en estos libros se hace evidente que Victoria Ocampo tuvo la lucidez necesaria para comprender, apenas adolescente, que para superar la educación pacata, incompleta, patriarcal y clasista de la que había sido víctima, tenía que rodearse de los mejores intelectuales del mundo. Y lo hizo. A veces se equivocó. Pero la mayoría de las veces supo establecer puentes para conectar la cultura argentina, una cultura por otra parte muy provinciana e insular, con Latinoamérica y con todo el mundo.
Victoria y Silvina Ocampo.
En el Tomo III, La rama de Salzburgo, relata cómo el chisme de que se había convertido en la amante del primo de su marido, Julián, con quien sostuvo un tórrido romance durante años, circulaba en anónimos por Buenos Aires, antes de que el hecho se hubiera producido. Allí escribe sus mejores páginas; las que relatan la negociación entre su voluntad romántica y la obligación de ocultar sus deseos. Un amor en el que ella les da vida a sus heroínas románticas. Ella es Beatrice, es Isolda, es un personaje de Stendhal y, sobre todo, es Anna Karenina. Y no hay chisme que haya circulado en aquella época que no la tenga como protagonista de los escándalos amorosos más resonantes. (En una carta, dice Virginia Woolf sobre su reputación: “Y si me apurás hasta me dijeron que se encamó con Mussolini y con Hitler…”).
Si sobre su vida sentimental han circulado chismes, relatos y habladurías, es porque en sus transgresiones y actos de subversión contra el statu quo (conducir su propio automóvil, separarse de su marido, fundar una revista y una editorial, hacer traducir a la cultura del momento) Victoria Ocampo era el límite de lo que se podía hacer y lo que no.
Acaso sea necesario recordar que para la época en la que Victoria Ocampo escribe esta Autobiografía, hacia el final de su vida, la Argentina ya no tenía la misma estructura económica, ni social, ni cultural, que la de la época que se narra en estos primeros tres tomos, que ocurren entre su nacimiento en 1890 y fines de los años 20.
Esas fortunas que Tulio Halperin Donghi equipara a las de los marajás de la India, forjadas en la Argentina durante el siglo XIX, en el XX ya estaban en proceso de disolución, y el dominio de los latifundios nacionales pasaba de grandes familias a grandes empresas. Por eso, toda la descripción que hace Ocampo de su vida la hace confrontándose y oponiéndose a ese pasado y a esa formación: esa no es la infancia que hubiera querido, no fue la adolescencia ni la educación que necesitaba, no era el mundo moral que hubiera desarrollado su potencial, no podía elegir libremente sus lecturas, no se casó en las condiciones que la hubieran hecho feliz, no podía hacer público su verdadero amor.
La belle époque que nos presenta tiene un lado oscuro y lleno de límites impuestos a su espíritu libre. Todos los privilegios de los que gozó toda su vida no le brindaban el menor solaz; son narrados desde el rechazo, la rebeldía o la incomodidad. Ella mira el mundo en el que se formó y se da cuenta de que de ahí tenía que rescatarse sola.
Sus padres observan con preocupación sus primeras publicaciones en La Nación. No por los temas (su primer artículo es un análisis de un canto de La Divina Comedia), sino por haber franqueado un espacio inexplorado por una mujer de su clase. Ella vive en esa tensión impostada de su clase: una voluntad rebelde en una clase, casi en una casta, dominada por el miedo y el espíritu de obediencia, cuando todo en ella le pide que se subleve a los mandatos.
En un pasaje de esta Autobiografía, Victoria relata cómo la amistad con Maurice Rostand, hijo de Edmond, le valió hacerse de una edición autografiada de El aguilucho, su obra de teatro tan célebre como Cyrano… y confiesa haberse identificado con su protagonista, sometido igual que ella a un sistema de supervigilancia. La obra, de hecho, cuenta la vida del hijo de Napoleón Bonaparte, confinado a su palacio de Viena, cuando, muerto su padre, la historia lo descarta para las sucesiones y enfrenta la muerte, enfermo, solo, controlado.
Ahí podemos entender la identificación de Victoria con su héroe tuberculoso. Ahí queda la “infanta” (como la llaman los sirvientes de la casa familiar) que guarda la memoria de un mundo que le pasó por encima, pero del que ella no va a dejar de dar testimonio, al que nos invita como ese príncipe podría llevarnos a conocer las ruinas de un imperio que quedó en el pasado y al que sobrevivió en carácter de única testigo y que aún fluctúa entre el olvido y la memoria, como quien habla de un sueño.
I El archipiélago, II El imperio insular, III La rama de Salzburgo, Victoria Ocampo. Editorial Sur.
Fuente: https://www.clarin.com/revista-n/nina-argentina-victoria-ocampo-misma_0_KVDNiWpRWJ.html
