Las míticas piletas de Mar del Plata
Pocos saben que donde hoy se extiende la Plazoleta de las Américas, entre la Playa Popular y La Perla, estuvo uno de los complejos más emblemáticos de Mar del Plata. Donde ahora hay césped y algunos bancos funcionaron durante décadas tres enormes piscinas de agua salada. Por allí pasaron deportistas, artistas y periodistas; transmitieron radios y canales de televisión, y cientos de familias encontraron durante los veranos una alternativa al viento y al oleaje de la playa. Sin embargo, la historia de las piletas empezó mucho antes.
A mediados del siglo XIX, antes de la fundación de Mar del Plata, en esa zona funcionaban el saladero de Coelho de Meyrelles, algunos galpones y un pequeño muelle. Con el tiempo, Punta Iglesia -así llamaron a la zona- se convirtió en el primer núcleo portuario de la región.
En 1918, cuando la actividad ya se había desplazado hacia el nuevo puerto, el ingeniero italiano Vicente Lavorante obtuvo la concesión del antiguo muelle y decidió transformar el lugar en un complejo turístico. Aprovechó los subsuelos de aquellos galpones para construir una piscina de agua de mar de unos 20 metros de ancho por casi 100 de largo. También sumó un bar, vestuarios y espacios para actividades deportivas. Así nació la Pileta Lavorante. Y fue un éxito.
Pero los sucesivos temporales dañaron las instalaciones y Lavorante se alejó del proyecto. La Municipalidad reconstruyó el lugar como pileta pública y gratuita, hasta que un temporal, el 18 de marzo de 1950, volvió a causar grandes destrozos y el emprendimiento fue abandonado.



La Pileta Lavorante, uno de los primeros complejos turísticos construidos frente al mar en Mar del Plata
Recién dieciséis años después, las piletas volvieron a abrir. Albano y Tito Giaccaglia se asociaron con el abogado platense Máximo “Lolo” Von Kotsch y obtuvieron la concesión. Para Lolo, ese proyecto terminó convirtiéndose en la obra de su vida.
Eric, su hijo, tenía nueve años. Desde entonces pasó todos los veranos en Mar del Plata. Ahora, más de medio siglo después, reconstruye junto a LA NACION los años de esplendor de aquellas piletas, recuerda a las figuras que pasaron por el complejo y revela el final que lo mantuvo lejos de la ciudad durante décadas. De aquél mundo que describe, ya no queda nada a la vista. “Ahora hay que imaginarlo todo”, dice.

La Pileta Lavorante, levantada sobre las antiguas estructuras portuarias de Punta Iglesia.
El abogado que se metió “de cabeza”
-Antes de hablar de las piletas, ¿quién era tu padre, Máximo “Lolo” Von Kotsch?
-Mi padre fue un gran resiliente. Nació en Cipolletti, pero se crio en La Plata. No conoció a su madre y perdió a su padre cuando tenía 13 años. Quedó al cuidado de una tía y más tarde se fue a vivir a una pensión de estudiantes. Estudió Derecho y nunca se quejó de nada. Siempre decía: “Víctimas, no quiero”. Conoció a mi mamá cuando él tenía 17 años y ella, 15. Siempre digo que es difícil ser padre y amigo, pero él lo logró: cuando era padre, era padre; cuando era amigo, era amigo.
-Tu padre era abogado y vivía en La Plata. ¿Cómo llegó a involucrarse en las piletas de Mar del Plata?
-Nosotros veraneábamos siempre en Mar del Plata. Papá tenía una casa y alquilaba una carpa en el balneario Pueyrredón, en Playa Grande. Los concesionarios eran Albano y Tito Giaccaglia. Se hicieron amigos de papá y le propusieron presentarse juntos a la licitación de las piletas de Punta Iglesia. Los Giaccaglia tenían una larga historia en los balnearios; mi padre, en cambio, no sabía nada del negocio. Pero lo convencieron y se metió de cabeza. La licitación empezó alrededor de 1964 y el complejo volvió a abrir en 1966. Las piletas llevaban años abandonadas: no tenían ni motores. Hubo que ponerlas nuevamente en condiciones. Los Giaccaglia permanecieron dos o tres años y después se retiraron porque vieron que no era un gran negocio. Mi padre siguió solo.
-¿Cómo eran aquellas primeras piletas?
-Eran tres. Había una pileta olímpica de 50 metros; otra de saltos ornamentales, de unos 30 metros de largo y seis de profundidad; y una para chicos, que nosotros llamábamos “la pileta chiquita”, aunque tenía 30 metros de largo por 20 de ancho y entre 30 y 40 centímetros de profundidad. Todas se llenaban con agua tomada directamente del mar. En aquel momento no había sombrillas ni reposeras: la gente pagaba la entrada para bañarse y pasar el día. Todos los inviernos el mar las rompía porque no había una defensa suficiente. Había que rehacer baldosas y reparar las estructuras una y otra vez.


Volver a empezar
-Luego tu padre ganó una nueva licitación y proyectó una transformación mucho más ambiciosa. ¿Qué quería construir?
-Sí, en 1974. Papá quería hacer algo de lujo en Mar del Plata. Había viajado a Mallorca y visto el nivel de los servicios que se ofrecían afuera. En Mar del Plata, en cambio, todavía eran muy básicos. El proyecto incluía grandes vestuarios, sala de masajes, restaurante, bar, gastronomía y 78 sombrillas. Ya no eran solamente tres piletas… Por eso agregó la palabra “complejo” y el lugar pasó a llamarse Complejo Piletas Punta Iglesia.
-Pero en diciembre de 1976 tu padre fue secuestrado. ¿Qué recordás de ese tiempo?
-El 13 de diciembre de 1976 los militares se lo llevaron. Estuvo desaparecido durante nueve meses y buena parte de ese tiempo permaneció como NN. Nosotros sabíamos que se lo habían llevado, pero no dónde estaba. Después pudimos reconstruir parte de su recorrido, aunque nunca supimos bien por qué lo secuestraron. Un coronel llegó a decirle a mi mamá: “Su marido es un abogado muy hábil y puede interferir en mis investigaciones. Va a salir cuando yo quiera”. El subcomisario Bulacio le salvó la vida: lo sacó del pozo donde lo tenían y lo llevó a su habitación en la comisaría. No podíamos contar nada porque, si lo hacíamos, también podían hacerlo desaparecer a él.

-¿Qué ocurrió con la familia y con el proyecto de las piletas durante su desaparición?
-Mi padre era un profesional independiente y, cuando desapareció, se cortaron todos los ingresos de la casa. Mamá era maestra jardinera. Perdimos el auto, la casa y prácticamente todo. Ocho amigos de papá compraron nuestra casa para que no quedáramos en la calle. Además, ya había créditos y deudas contraídos para la obra de Mar del Plata. Mi hermano mayor, que tenía 23 años, se puso el proyecto al hombro junto con mi madre. Yo tenía 18.
-¿Cómo fue volver a empezar cuando recuperó la libertad?
-Cuando regresó, nos reunió a los tres hermanos en un sillón que todavía lo conservo y nos dijo: “Queremos que sepan que su padre y su madre están peor económicamente que cuando empezaron, pero los cinco tenemos salud. Es lo único que se necesita. Ahora va a pasar el tren: ¿vos te subís?, ¿vos te subís?, ¿vos te subís?”. Nos iba señalando a cada uno. Los tres dijimos que sí. Entonces dijo: “No se habla más del tema. A trabajar y a no llorar”. Y nunca más se habló.
-¿En algún momento pensó en abandonar la obra? ¿Cómo logró retomarla?
-Nunca pensó en abandonarla. De hecho, durante el encierro ideó toda la remodelación. Cuando recuperó la libertad empezó prácticamente desde cero. Era un abogado muy conocido en La Plata, pero tuvo que volver a atender en un garaje porque habíamos perdido todo. Poco a poco retomó la obra y el complejo renovado se inauguró en 1978.
Los veranos en Punta Iglesia
-¿Cómo era un día de verano en el complejo?
-Las piletas abrían a las ocho de la mañana, pero papá llegaba a las seis y media. Era el primero en llegar y el último en irse. Ordenaba las reposeras, preparaba las cosas y atendía a todo el mundo. Había 78 sombrillas y llegamos a tener alrededor de 70 personas trabajando. Si el día estaba lindo, la cantidad de gente era impresionante. Si estaba nublado, no entraba nadie, y eso generaba un desequilibrio económico enorme. Dependíamos muchísimo del clima, una semana de lluvia podía arruinar la temporada.
-Cómo hijo del dueño, ¿cuál era tu trabajo?
-Las piletas se vaciaban y limpiaban permanentemente. Yo empecé trabajando de noche en la limpieza, con los pileteros. ¡El frío que hacía! Todas las noches las vaciábamos, juntábamos la arena con pala y balde y la llevábamos con una polea hacia el mar. Mi papá me decía que tenía que empezar de abajo y, literalmente, empecé desde abajo de la pileta. Después pasé a ser carpero, jefe de carperos y finalmente llegue a manejar al personal.
Eric también tuvo un bar en la punta, Viva María. “Ahí empezó Fontova a cantar. No lo conocía nadie. Tocó cinco años en el bar, que tenía una terraza espectacular sobre el mar, aunque pocas veces se podía usar de noche por el viento”, recuerda.
-¿Cómo funcionaba la atención al público en el Complejo?
-Cuando llegabas, después de sacar la entrada en la boletería, donde mi madre se pasaba el día entero, una azafata te recibía y acompañaba hasta la sombrilla. No eran mozas, las mozas trabajaban aparte en gastronomía. Las azafatas estaban para resolver lo que necesitara el visitante. Incluso podían conseguirle entradas para el teatro u orientarlo sobre otros servicios de la ciudad. El restaurante tenía una carta en dos idiomas, porque mi padre pensaba también en los extranjeros. Recuerdo turistas suizos y visitantes acostumbrados a lugares como Mallorca que, cuando veían el viento marplatense, preferían meterse en las piletas.
-¿Quienes frecuentaban el complejo?
-Iban familias, turistas, periodistas, deportistas y prácticamente todas las figuras que hacían temporada en Mar del Plata. Mi padre no las invitaba: el lugar se había puesto de moda y venían solas. Lo gracioso es que él casi no miraba televisión, entonces cuando llegaba alguien muy famoso -se daba cuenta porque la gente miraba- él muchas veces me preguntaba: “¿Quien es?”.
Había seis sombrillas reservadas para la prensa y las figuras. Desde allí transmitían las radios y Velasco Ferrero hizo durante tres años su programa. Los domingos también se realizaban emisiones de televisión en vivo, de cinco u ocho horas, con espectáculos. “El complejo era un centro de la temporada, no solamente un lugar para nadar”, resume Eric.

Juan Alberto Badía entrevistando a Lolo
-¿Que famosos recordás especialmente?
-Pasaron muchísimos. Hugo Gatti era amigo de mi padre y, además, papá había sido su abogado. Guillermo Bredeston, Nora Cárpena, Marcelo Trobbiani (que se escapaba de la concentración de Bilardo para pasar por las piletas), Susana Giménez, Raffaella Carrá, Diego Maradona, Carlos Calvo, Ricardo Darín… También estuvo Pelé con el Santos y Rock Hudson, en 1973, que era una figura mundial. Con los “galancitos” hubo tal revuelo que las mujeres que esperaban afuera rompieron los vidrios de la boletería. ¿Quiénes no vinieron? Mirtha Legrand y contrariamente a lo que se ha publicado, Gerardo Sofovich.
Entre tantos famosos, hubo dos que lograron deslumbrarlo. “No soy cholulo, pero un día vi a Vinícius de Moraes y a Toquinho en el bar y casi me muero”, recuerda. Sonia Pepe, en cambio, era una habitué del complejo. Y, según cuenta Eric, entre esas piscinas también habría comenzado el romance de Cacho Castaña y Mónica Gonzaga.

Las participantes de Miss Siete Días, durante una actividad realizada en el complejo, en 1979
Las piletas también se convirtieron en un estudio de televisión a cielo abierto. Desde allí se emitía Show Fantástico, con música, concursos y figuras invitadas. “Los domingos se hacían programas en directo que podían durar cinco u ocho horas”, recuerda Eric.
-¿Qué lugar ocupaba tu madre dentro del complejo?
-Mi madre tuvo un papel enorme. Cuando secuestraron a mi padre, sostuvo a la familia y el proyecto junto con mi hermano. Después, durante las temporadas, estaba sentada desde la mañana temprano hasta la noche en la boletería, que para mí era el peor lugar porque no paraba nunca. Y ella siempre estaba con una sonrisa.
-¿Cuándo fue la época de oro de Punta Iglesia?
-Para mí, los años 80. Si el clima acompañaba, era impresionante. Era la época dorada del teatro, de la noche, de las discotecas y de la avenida Constitución. Desde la costa hasta la rotonda se podía tardar una hora y media debido a la cantidad de autos. Las piletas formaban parte de esa Mar del Plata en la que todo el mundo quería estar y todas las figuras pasaban, aunque fuera un rato.


En las Piletas se organizaban espectáculos, concursos y transmisiones en vivo.
El precio de sostener un sueño
-Desde afuera podía parecer un negocio extraordinario. ¿Realmente lo era?
-La gente pensaba que las piletas nos hacían millonarios, pero no era así. Mi padre no pensaba con el bolsillo y no hacía cuentas. Muchas veces el estudio jurídico, donde trabajaba mi hermano, terminaba sosteniendo el complejo. El consumo de electricidad era enorme, el mar obligaba a reparar las instalaciones permanentemente y una semana de lluvia podía dejar la temporada sin ingresos. En 1982 tuvimos que vender la casa de Alvarado 1138 para afrontar los gastos. Era la casa de nuestra vida, yo había pasado allí todos mis veranos y todavía podría dibujarla de memoria. Después alquilábamos cada año un departamento enfrente y desde el balcón veíamos todo.


Hugo Gatti junto a su esposa Nacha y Lolo Von Kotsch; Alfredo Graciani goleador de Boca y Lolo
-A pesar de esas pérdidas, ¿tu padre nunca pensó en dejar las piletas?
-No. Papá amaba lo que hacía, le encantaba estar ahí y no había forma de sacarlo. Nosotros también estábamos cómodos, por supuesto. Mi vida fue Mar del Plata y la pileta fue mi iglesia. Pero el esfuerzo era enorme. Papá se hacía mucha mala sangre y tuvo dos infartos. Las piletas le dieron enormes satisfacciones, pero también le costaron mucho en lo económico y en la salud.
-¿Qué recuerdos tenés de aquella casa familiar?
-Era la casa del pueblo. Venían los amigos de mis hermanos, de mis primos y los míos. Había gente durmiendo en el living, en los pasillos, en todos lados. Al mediodía se comía en dos turnos. Muchos amigos todavía me dicen: “Gracias a tus padres, yo tuve veraneo”.



Lolo junto a Rolo Puente y Pelé durante una de sus visitas a Mar del Plata con el Santos
El día que las piletas cerraron
-¿Por qué cerró el complejo?
-A fines de los años 80, los tres hermanos nos reunimos con papá y le dijimos: “Viejo, basta; hasta acá llegamos. No te presentes más”. Había atravesado dos infartos y el desgaste era demasiado. Además, la Municipalidad preparó un nuevo proyecto que eliminaba buena parte de lo que mi padre había construido: el bar Amici, Viva María y el restaurante. Querían volver prácticamente a las tres piletas originales y correr la línea municipal para ensanchar el paseo exterior. Fui a plantearlo y el intendente me respondió que había muchos empresarios importantes interesados y que, si mi padre no quería presentarse, no se presentara. Cuando llegó el momento, nosotros fuimos los únicos que compramos el pliego, pero finalmente decidimos no ofertar. En diciembre nos llamaron para pedirnos que tomáramos las piletas por una temporada más. Les contesté que fueran a buscar a esos empresarios importantes. Nadie las tomó y quedaron cerradas en plena temporada. Nosotros las entregamos en perfecto estado, recuerdo que hasta hice cambiar un vidrio chiquito que estaba roto en un vestuario.

Lolo junto al cantante Pedrito Rico
-¿Qué sucedió con el predio después de la salida de tu familia?
-Quedó cerrado y empezó a deteriorarse. El primer año lo alquilaron para instalar un espectáculo con delfines en la pileta del medio, algo que hoy sería impensable. Después se fue viniendo abajo. Tiraron los vestuarios, el restaurante y otras construcciones. Donde estaba la cancha de vóley se instaló un espacio vinculado con jubilados. Años más tarde arreglaron el sector para la Cumbre de las Américas, pero ya no quedaba nada de lo que había sido el complejo. Me cuesta creer que hayan demolido todo.
-¿Tu padre llegó a ver el abandono?
-Sí, lo vio, pero nunca dijo nada. Hizo lo mismo que había hecho con otros golpes de su vida: siguió adelante. Se llevó el dolor con él. Falleció dos años después, de cáncer. A la distancia, pienso que haber dejado las piletas tuvo, al menos, algo bueno porque pude pasar con él sus dos últimos veranos de vacaciones. Toda la vida habíamos trabajado en Mar del Plata y nunca nos habíamos ido juntos ni siquiera a Santa Clara. Después del cierre, los tres hermanos alquilamos una casa con nuestras familias en Pinamar y pudimos estar todos juntos.

La familia Von Kotsch: Mimi, Eric, Sandra con su hijo Nicolás en brazos, Gustavo y Lolo
-¿Qué te ocurrió a vos después del cierre?
-Durante muchísimo tiempo no volví a Mar del Plata. Y eso que Mar del Plata era mi vida, había ido desde que nací, había trabajado ahí y todos mis recuerdos estaban ligados a la ciudad. El año pasado regresé. Caminé desde Punta Mogotes y fui reviviendo todo. Pasé por la casa familiar y encontré, en el mismo escalón, una piedra con números que yo había pintado de chico. Todavía estaba ahí. Me impresionó. También llamé a las personas que habían trabajado conmigo: una de las primeras boleteras, gente de Viva María, un periodista que transmitía desde las piletas y otras personas. Nos encontramos en el lugar, llevé una heladera con bebidas y nos reunimos como si las piletas siguieran ahí. Pero ahora hay que imaginarlo todo.
Aunque nada de aquel complejo permanece a la vista, Eric sostiene que parte de su estructura todavía existe bajo la plazoleta y expresa una preocupación: “Las tres piletas están tapadas y parquizadas, pero debajo hay sectores huecos. Yo conozco la estructura desde abajo porque, cuando era chico y había marea baja, me metía por ahí. El mar puede seguir erosionando esa parte. Yo se lo advertí a la Municipalidad: no alcanzaba con llenar las piletas con arena o tierra; había que demoler o reforzar correctamente la estructura inferior. No me dieron importancia. Ojalá nunca ocurra nada”.

Mucho más que las piletas
Las piletas ocuparon buena parte de la vida de Lolo Von Kotsch, pero su historia había comenzado mucho antes. En 1956, como joven abogado penalista, representó a Juan Carlos Livraga y Miguel Ángel Giunta, dos de los sobrevivientes de los fusilamientos de José León Suárez. Rodolfo Walsh reconoció su intervención en Operación Masacre.
-Tu padre tuvo un papel importante en la defensa de Livraga y Giunta. Sin embargo, nunca quiso hablar públicamente de su actuación. ¿Qué te contó sobre esa etapa?
-Yo lo conocí a Livraga hace unos años. Vino a mi casa. La historia que me contó fue exactamente la misma que me había contado mi padre. No había un punto ni una coma diferente. Mi padre nunca quiso sacar provecho de eso. Cuando una periodista quiso hacerle una nota por su participación en Operación Masacre, dijo que no. Él no les había cobrado ni quería explotar su historia. Era así. En La Plata todavía me preguntan: “¿Vos sos algo de Lolo?”. Si alguna vez escribo sobre mi padre, el título debería ser ese: “¿Qué sos de Lolo?”.

-¿Qué recuerdo resume lo que fue su padre?
-Con mi padre todos se portaban maravillosamente porque él no hacía nada por interés. Cuando murió, hasta el canillita que le llevaba el diario a las piletas todos los días se tomó un micro desde Mar del Plata para despedirlo en La Plata. Ese gesto muestra el respeto que mi padre tenía por todos y el respeto que todos sentían por él. En Tribunales ocurría lo mismo con los ascensoristas y los porteros. Nunca se creyó más que nadie. Por eso, tantos años después, todavía me preguntan qué soy de Lolo. Las piletas fueron una parte enorme de su vida, pero él fue mucho más grande que las piletas.
