Puccini en Buenos Aires
- Una nueva edición amplía la investigación sobre la visita de Giacomo Puccini a la Argentina, Uruguay y Brasil en 1905.
- El volumen de Gustavo Otero y Daniel Varacalli Costas reconstruye con documentos y fotografías el itinerario del compositor.
- También recupera el hallazgo de una obra inédita en español escrita especialmente para escuelas argentinas.
Para la generación de compositores posterior a Verdi, Buenos Aires fue casi una sucursal de Italia, un campo fértil en el que sus óperas recibieron casi siempre aceptación, y que algunos de ellos se animaron a visitar. Por supuesto, el más grande y más famoso de todos fue Giacomo Puccini, quien realizó un breve pero intenso viaje a Buenos Aires, lleno de actividades lúdicas, protocolares y musicales, y se fue rebosante de anécdotas, sorpresas, recuerdos y algún que otro fastidio.Los críticos e investigadores argentinos Gustavo Otero y Daniel Varacalli Costas, autores de Puccini en la Argentina, Uruguay y Brasil. Junio-agosto de 1905. Foto: gentileza.
A veinte años de la publicación de Puccini en Buenos Aires. Junio-agosto de 1905, los críticos e investigadores argentinos Gustavo Otero y Daniel Varacalli Costas amplían este trabajo, único en su género, y entregan una versión corregida, muy aumentada y magníficamente ilustrada, bajo el sello Ediciones Ciudad de Artes, que el mismo Varacalli dirige junto a Patricia Casañas.
El título de la nueva edición es Puccini en la Argentina, Uruguay y Brasil. Junio-agosto de 1905, y, como su nombre lo indica, también incluye detalles de su más breve visita a Montevideo y su escala en Brasil.
“Querido Illica: Como sin duda habrás leído, voy a América en espléndidas condiciones: viajes pagados para mí y para Elvira, y alojado en el palacio de La Prensa […], y una velada a mi total beneficio calculada entre 40.000 y 50.000 francos, más los eventuales ‘regalos tenoriles’ y quizá una parada en Río [de Janeiro] y otra velada a mi beneficio, etc. Cacerías, convites y paseos, excursiones. En suma: un verdadero viaje de placer… atosigado de banquetes y sus correspondientes discursos, de los cuales deberías prepararme algunos de pocas frases que estudiaré durante el viaje, y que luego… leeré. Lo digo en serio, porque no puedo decir simplemente ‘gracia, señores’, como cualquier pordiosero”. Con estas palabras, Puccini comunicaba sus planes a su colaborador Luigi Illica poco antes de partir.
Giacomo Puccini acodado en el balcón de La Prensa, donde se hospedó. Foto: gentileza.
El músico venía invitado por la compañía lírica italiana Nardi & Bonetti (empresarios a cargo de la temporada en el Teatro de la Ópera, el principal escenario lírico entre el cierre del antiguo Colón y la apertura del nuevo, en 1908) para el estreno local de Edgar, su segunda ópera.
Hospedado en un diario
Al saberse la noticia, el diario La Prensa, de la familia Paz, lo invitó a alojarse en sus instalaciones (hoy Casa de la Cultura del Gobierno de la Ciudad), más precisamente en el departamento de huéspedes ilustres del tercer piso. La revista Caras y Caretas del 1 de julio afirmaba que Buenos Aires lo recibió “como a un antiguo amigo, deshojando ante el oro superfino de su egregio talento las rosas de su admiración y su cariño”.
Abrumado por tantas expresiones de afecto y tantos compromisos sociales, apenas al día siguiente de su llegada (acaecida finalmente el 23 de junio) escribía Puccini a su editor Ricordi: “Todas cosas lindas, pero no veo la hora de volver a mi calma”. Y, años más tarde, comentaría su fastidio por la cantidad de banquetes dentro y fuera de sus aposentos.
Durante su estadía, el autor de Tosca se entrevista con el presidente Manuel Quintana, visita el Tigre invitado por el Ministro de Instrucción Pública, Joaquín V. González, asiste a un partido de fútbol, va a ver una zarzuela, escucha a jóvenes prodigios musicales y visita la Penitenciaría Nacional, entre muchas otras actividades, ampliamente detalladas en el libro.
No faltan, por supuesto, varias jornadas de cacería, afición tan conocida en Puccini que ya contaba con invitaciones al llegar. Cabe agregar que este aspecto del compositor incluso generó ironías en su colega Richard Strauss en una de sus visitas a Buenos Aires.
Efectivamente, al ser consultado por su opinión sobre Puccini, el compositor alemán respondió en italiano: “Ah, quello signore che va sempre da caccia!” (“¡Ah, ese señor que siempre va de cacería!”). El libro brinda numerosa información sobre estas partidas de caza, de las que Puccini disfrutó en diversas estancias de la Provincia de Buenos Aires, y las ilustra con fotos.
Además de presenciar funciones de sus óperas Tosca, Bohème, Manon Lescaut y la flamante Madama Butterfly (con Rosina Storchio y Giovanni Zenatello, también a cargo de los protagónicos en el estreno mundial en febrero del año anterior), Puccini asistió al estreno local de su segunda ópera, Edgar, ocasión para la que realizó una revisión que resultaría definitiva.
La primera versión se había estrenado en Milán en 1889, después de una dilatada génesis, y se mantuvo en cartel durante solo tres funciones, a pesar de una recepción relativamente amable por parte del público, no así de la crítica.
Giacomo Puccini firmando postales en La Prensa. Foto: gentileza.
El libro de Otero y Varacalli dedica un capítulo completo a un detallado racconto de los estrenos locales de las óperas de Puccini. Muchos de ellos tuvieron lugar apenas semanas después de sus estrenos mundiales, y en varios casos (Le villi, Manon Lescaut, La bohème, Tosca, La rondine y Turandot, es decir de su primera ópera a la última), la capital argentina fue la primera ciudad extranjera en conocer estos títulos.
Estos datos ponen en evidencia no solo la fama del compositor sino el interés y los recursos artísticos y económicos con los que contaba Buenos Aires.
Por supuesto, ocupa un lugar destacado un hallazgo de esta investigación, que los autores dieron a conocer en la primera publicación (2006): la existencia de un himno escolar escrito por el compositor de Lucca a pedido del diario La Prensa, y llamado «Dios y Patria», con letra de uno de los redactores de ese periódico, Matías Calandrelli.
Una rara joya
Se trata de una rara joya en la creación de Puccini, su única composición en nuestro idioma y su única canción destinada a las escuelas de la que se tenga noticia. La partitura apareció en La Prensa del 15 de agosto de 1905 y hoy forma parte de una edición crítica de la editorial Carus.
(Es imposible no establecer una asociación con la “Canción a la bandera” procedente de la ópera Aurora de Héctor Panizza, de 1908: si bien la versión todavía hoy cantada por todos es una traducción al español de la década del 40 y nunca fue pensada por sus autores como pieza escolar, el texto original italiano es de Luigi Illica, uno de los libretistas de Puccini, y a él le debemos el enigmático áureo rostro y la inexistente aurora irradial).
Banquete de despedida ofrecido a Giacomo Puccini en Buenos Aires. Foto: gentileza.
No falta tampoco el trasfondo de la historia de Michele, hermano menor de Puccini emigrado a la Argentina en 1889 en búsqueda de nuevos horizontes; luego de un paso por Jujuy como maestro de música que derivó en un duelo por una mujer casada con la que mantenía un amorío, el hermano de Giacomo huyó (vía Buenos Aires) a Río de Janeiro, donde murió de fiebre amarilla.
Ante la catarata de fantasías motivadas por esta historia, alimentadas por la vocación novelesca y deformadas por la falta de documentación, los autores echan luz sobre la historia de Michele, con fundamentos serios en lugar de conjeturas.
La edición –impecable a nivel visual– se completa con una cronología día por día de las actividades de Puccini, el racconto de la temporada 1905 del Teatro de la Ópera de Buenos Aires y (vía QR y enlace a la nube) un anexo de 36 páginas adicionales con la transcripción detallada de lo publicado en los diarios locales en esos lejanos pero inolvidables días.
Puccini en la Argentina, Uruguay y Brasil. Junio-agosto de 1905, de Gustavo Otero y Daniel Varacalli (Ediciones Ciudad de Artes).
