Cecilia Ferrare, oboísta de la Banda Sinfónica de Ciegos
- Cuatro de los cinco integrantes de la familia no ven o conservan apenas algo de visión.
- Pero lo que define a los Ascón pasa por la música, que atraviesa cada rincón de sus vidas.
En la casa de Cecilia Ferrare no hay un perchero para las llaves. Al lado de la puerta, en cambio, descansan varios bastones blancos. Sobre la mesa, la netbook habla. Los celulares también. El sistema TalkBack les lee cada mensaje y notificación. Y, al fondo, hay un teclado junto a la ventana que convive con un atril cargado de partituras en Braille, un trípode para micrófono, parlantes y pilas de CDs viejos como parte de la decoración. Se trata de la sala de ensayo, un espacio en el que siempre hay alguien estudiando, tarareando o probando un instrumento. La música no ocupa un lugar en esa casa. Es la casa.
Ferrare se ríe cuando intenta explicar cómo funciona esa familia. Dice que son “una familia normal, con encuentros y desencuentros, como cualquier otra”, sólo que en esa casa «gran parte de sus integrantes ve poco o no ve«.
Ella perdió la vista de manera progresiva. Dos de sus tres hijos heredaron la misma enfermedad y el padre de los chicos, Hernán Ascón, también es ciego. Sin embargo, en ningún momento la conversación con Clarín se detiene en eso. Lo que organiza la vida de los Ascón no es la falta de visión, sino la música.
La Banda Sinfónica Nacional de Ciegos “Pascual Grisolía”, mucho más que un trabajo
Cecilia y Hernán forman parte desde hace 31 años de la Banda Sinfónica Nacional de Ciegos “Pascual Grisolía”. Ella toca el primer oboe. Él, la primera flauta traversa. “Nos conocimos ahí, nos pusimos de novios ahí, nos casamos ahí y nos separamos ahí” resume Cecilia, entre risas.
Cecilia ingresó a la Banda cuando tenía apenas 19 años. Fotos Juan Manuel Foglia
Aunque están divorciados desde hace siete años, siguen compartiendo ensayos los martes y jueves, conciertos en los que todavía se sientan uno al lado del otro y la crianza de sus tres hijos. Entre ellos persiste una historia en común que ya lleva más de tres décadas.
Para la oboísta, la banda nunca fue solamente un trabajo. Habla de ese lugar como si hablara de una segunda casa, de una familia paralela, de un espacio donde encontró pertenencia cuando todavía intentaba entender qué significaba perder la vista.
Cecilia nació con cataratas congénitas, una enfermedad que hace que el cristalino del ojo nazca opaco. Desde muy chica pasó por operaciones y tratamientos y, durante toda la infancia, aprendió a vivir con una visión reducida.
Aun así, durante muchos años logró manejarse con bastante autonomía. Con el ojo que le quedaba podía leer partituras, caminar por la calle sin bastón y orientarse gracias a pequeños detalles. “Hay una diferencia enorme entre ver poco y no ver nada”, explica. Ese resto visual, por mínimo que fuera, le servía para seguir la línea del cordón de la vereda, distinguir una pared o calcular una distancia. “Ese poquito que veía me ayudaba muchísimo”, describe.
Sin embargo, las secuelas de las cirugías y de la enfermedad siguieron avanzando. Con los años aparecieron otras complicaciones, como presión ocular, problemas en la córnea y nuevas intervenciones. El gran quiebre llegó después del embarazo de su tercer hijo, cuando sufrió un accidente doméstico y sintió que la visión que todavía conservaba empezó a deteriorarse mucho más rápido, hasta que a los 29 años quedó completamente ciega.
El proceso de aprender a vivir sin ver
Lo más difícil, dice, no fue aprender Braille ni volver a orientarse en la calle. Lo que más le dolió fue no poder volver a registrar las caras de sus hijos a medida que crecían. No saber si Magalí se parecía a ella o a Hernán, no poder registrar la expresión de Martina cuando cantaba, ni el gesto de Federico mientras tocaba la batería. “Eso sí me dolió mucho”, admite.
Cecilia Ferrare suele ensayar y estudiar en el living de su casa. Foto Lucía Ortiz
La historia volvió a repetirse con sus dos hijos más chicos, quienes heredaron las cataratas congénitas. Magalí, la mayor, es la única de la familia que no tiene ninguna patología visual.
Cecilia cuenta que cuando supo que Martina también tenía la enfermedad sintió una culpa insoportable. “Era como tener todo un edificio encima. Me aplastaba”, dice. Durante años convivió con el miedo de que sus hijos, cuando crecieran, le reprocharan haberles transmitido esa condición. Sin embargo, el tiempo le enseñó que ellos aprendieron a vivirla con la misma naturalidad con la que ella lo hizo.
Tres hijos distintos, unidos por la música
Martina, la del medio, no conserva visión desde 2023 cuando sufrió un ACV producto de una malformación asociada a la enfermedad congénita y perdió el resto visual que todavía tenía. Cecilia explica que, en algunos casos, las cataratas no vienen solas, sino acompañadas por otras alteraciones, como fue con su hija.
Cecilia, Federico y Martina son quienes más tiempo pasan juntos. Foto gentileza de Cecilia Ferrare
Hoy ella también trabaja en la propia Banda Sinfónica, en el equipo de copistas que prepara y adapta las partituras para los músicos, entre ellos su mamá y su papá. Como este año renovaron gran parte del repertorio, pasa los días rodeada de pentagramas, papeles y arreglos nuevos. Además, toma clases de canto y durante mucho tiempo integró el coro de ciegos. “Martu es música”, dice Ferrare. “No sé cómo explicarlo de otra manera”.
Federico, el menor, conserva visión en un solo ojo. Tiene 22 años, estudia Arquitectura, toca la batería, la guitarra y también aprendió Braille musical. Hace dos años quiso entrar a la Banda, igual que sus padres, pero al mismo tiempo descubrió que su verdadero deseo estaba en otro lado.
Magalí también hizo ese recorrido. Tocó el violonchelo hasta los 17 años y su mamá estaba ilusionada de que algún día iba a ser pianista, sobre todo por esos dedos largos y finos que siempre le llamaron la atención.
Cecilia recuerda que, cuando estaba embarazada, le ponía discos de Piotr Ilich Chaikovski y que la beba se movía especialmente cada vez que sonaba el Concierto para piano N.º 1. Después, de chica, si le dolía la panza, alcanzaba con poner ese mismo disco para que se calmara. Pero la mayor dejó el chelo y hoy su vínculo con la música pasa por otro lado: trabaja y escucha música electrónica, a veces mezcla temas como DJ y disfruta sin ninguna intención de convertirlo en profesión.
Cecilia habla de eso como una de las enseñanzas más grandes que le dieron sus hijos. “Yo siempre pensé que si alguien tenía talento, entonces tenía que vivir de eso. Ellos me enseñaron que se puede amar profundamente la música y, al mismo tiempo, elegir otro camino”.
Quizá por eso uno de los recuerdos que más la emociona ocurrió hace apenas unos meses, cuando cumplió 50 años. Hacía tiempo que sus hijos no se juntaban a hacer música porque cada uno tiene su vida, sus horarios y sus trabajos. Pero ese día se pusieron de acuerdo con Hernán, armaron una sorpresa y grabaron una canción para ella.
A la izquierda Magalí, la mayor; al medio Martina y a la derecha Federico, el menor. Foto gentileza de Cecilia Ferrare
Martina cantó, Federico y Magalí tocaron los instrumentos y eligieron Desafiando el destino, de María Becerra. “Casi me muero de la emoción”, recuerda Cecilia con una gran sonrisa.
Y enseguida recuerda otro momento, quizá todavía más íntimo, cuando una tarde escuchó desde su cuarto a Federico tocando la batería mientras Martina cantaba. No quiso interrumpir. Se quedó quieta, escuchando detrás de la puerta, y pensó: “¿Qué más le puedo pedir a la vida?”.
“Somos una familia única, buscadora del arte”, los define Cecilia. Y enseguida destaca que «cuando a uno le pasa algo, enseguida aparecemos todos”.
